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domingo, 29 de marzo de 2015

¿cuotas obligatorias necesariamente aumentan la representación de las mujeres?

La Tribuna de El País ha publicado recientemente un artículo de los profesores J. Ignacio Conde-Ruíz y Paola Profeta en el cual se presentaban argumentos a favor de una rápida imposición de un sistema de cuotas de género obligatorias en los consejos de dirección de las empresas españolas (“Cuando una mujer da un paso, todos avanzamos”, 12 de Febrero de 2015). Los autores concluyen que dichas cuotas mejoran la gobernanza de las empresas al impulsar una mejor selección de la clase dirigente, aumentan la participación de las mujeres en lugares donde su presencia es escasa y tendrán un impacto positivo en la economía de las empresas. Creo que estas afirmaciones necesitan en el mejor de los casos profundas matizaciones.

¡Calma, Calma!

http://nadaesgratis.es/admin/calma-calma

La mejor fuente de evidencia sobre este tema proviene de Noruega, no sólo porque las cuotas en ese país tienen ya una larga historia, sino porque los datos a disposición del investigador son de una calidad que no tienen parangón en el mundo con la posible excepción de Suecia. No es casualidad que los expertos se refieran a los institutos nacionales de estadística de estos países como los “Gran Hermanos”.
Comencemos con lo sencillo, que es probablemente la aparentemente inocua afirmación de los autores de que las cuotas obligatorias necesariamente aumentan la representación de las mujeres. Esto a primera vista parece una afirmación trivial que no merece ni siquiera escrutinio. Al fin y al cabo la confirmación de que las empresas decidan aumentar la representación femenina de sus consejos dado que si no lo hacen el gobierno las disolverá (como impone la ley noruega), no parece ser algo que nos deba sorprender. Sería como comprobar que la gente deja de tirar sus chicles al suelo después de que el gobierno amenace con cortarle la cabeza al que así lo haga.
Pero no corramos tanto y vayamos al laboratorio noruego. Las empresas en este país tienen dos formas de organización fundamentales: Allmennaksjeselskap (ASA) y Aksjeselskap (AS). Las primeras están sujetas a las cuotas y las segundas no. Qué han hecho las empresas Noruegas? Una gran parte de ellas se ha dado un paseo por el registro mercantil para cambiar su forma organizacional, pasando de ASA a AS. En 2004 (un año antes de la aprobación de la ley de cuotas) había 543 ASA y en 2014 menos de la mitad, 251. Aún así el número medio de consejeras en las empresas ASA es del 40,7% (dato de 2014); queriendo decir que todo lo que han hecho estas empresas es cumplir por los pelos con el 40% obligatorio. Uno puede pasar a pensar entonces que lo relevante es el porcentaje agregado para ambos tipos de organización empresarial. En 2004 este porcentaje era igual a 15,4% y diez años después ascendía al 17,9%. ¡Valiente victoria!
Los autores también enfatizan que los hombres tienden a seleccionar hombres con la lógica implícita de que las mujeres tienden a seleccionar mujeres. Podemos hablar aquí de selección para los consejos directivos o para liderar la gestión de las empresas. Si miramos a los primeros, no parece que las mujeres hayan decido elegir más mujeres dado que un cumplimiento más rácano de la cuota no se consigue ni cortando los consejeros a cachitos. Si miramos a los segundos, el resultado no es tampoco muy esperanzador. El porcentaje de consejeras delegadas en las empresas ASA (las sujetas a la cuota) era de 4,6% en 2004 y del 6,4% diez años después (para los dos tipos de organización el porcentaje pasa de un 12,9% a un 15,4%). Aún si aceptamos que estos incrementos tienen mérito, la pregunta contrafactual que uno debe hacerse entonces es: ¿qué habría pasado en ausencia de cuotas? Si uno mira a las tendencias observadas en los otros países nórdicos la conclusión es que probablemente estos ascensos habrían tenido lugar de cualquier manera.
¿Que podemos decir en cuanto a las mejoras en gobernanza resultado de una mejor selección de la clase dirigente? Lo primero es cuestionar que las cuotas puedan resultar en tal mejorada selección. Los autores afirman al respecto que las empresas “deben reconsiderar con mucho detalle a quien sitúan en las posiciones de mando” en presencia de cuotas. Pero esto sería como afirmar que los consejos directivos con menor número de miembros están asociados con una mejor gobernanza. Es más, la afirmación parece partir del supuesto de que las empresas no consideran con detalle la elección de sus dirigentes masculinos y es necesaria la intervención legislativa para que así lo hagan. Desafortunadamente, no hay estudios empíricos científicos sobre este tema en el caso noruego. Sin embargo, la referencia más importante sobre este tema, el trabajo científico de Renée Adams y Daniel Ferreira con datos de empresas estadounidenses, concluye que aunque la mayor presencia de mujeres en empresas con problemas de gobernanza trae mejoras en la misma, lo contrario ocurre en aquellas empresas en las que esos problemas no existen.
Pasemos ahora a las afirmaciones correspondientes a los impactos positivos en la marcha de las empresas sujetas a la cuota. La evidencia existente hasta ahora no nos permite llegar a esa conclusión. El estudio científico de Kenneth Ahern y Amy Dittmar establece que la imposición de las cuotas tuvo un impacto negativo en la rentabilidad de las acciones de dichas empresas y el de David Matsa y Amalia Miller encuentra una reducción en sus beneficios. Uno puede utilizar estos resultados para cuestionar de manera indirecta la supuesta mejora en la selección de la clase dirigente que las cuotas traen consigo. Esto es quizás un error. Entre otras cosas porque aunque los estudios mencionados tienen que ser claramente tenidos en cuenta, existen razones metodológicas para considerar que sus conclusiones no son finales. Sin embargo, es importante decir que no hay estudios científicos que presenten evidencia en sentido contrario.
Sería necesario añadir también aquí algo importante. Para cotizar en bolsa en Noruega, una empresa necesita tener una forma organizacional ASA. Esto significa que un gran número de empresas renunciaron a su cotización al transformarse en empresas AS para evitar la cuota, con el consiguiente impacto negativo en la liquidez de sus acciones. Uno puede inmediatamente pensar que los consejos directivos de estas empresas que tomaron una decisión tan radical, están llenos de hombres cargados de prejuicios machistas y que odian a las mujeres con lo cual este daño fue autoinflingido. Es una hipótesis plausible. Sin embargo, es importante recordar que Noruega es el país campeón mundial de la igualdad de género liderando los índices correspondiente de la ONU año tras año. Por supuesto que uno puede especular que una minoría misógina sigue dominando los puestos dirigentes corporativos en tal país, pero una hipótesis igualmente plausible es que ante la imposibilidad de encontrar mujeres dispuestas a formar parte de los consejos, las empresas se vieron obligadas a dicho cambio organizacional. Por supuesto que esta segunda hipótesis no implica para nada que mujeres capacitadas para esa labor no existan.
Y esto es probablemente un elemento muy importante de esta cuestión. ¿La poca presencia femenina en las empresas noruegas es un resultado de la discriminación o se trata de una decisión libre de las mujeres? En el primer caso razones de justicia social podrían ser suficientes para justificar tales cuotas, en el segundo el imponer las cuotas es una injusticia social.
De lo anterior no se debe concluir que las cuotas de género sean una idea que haya que descartar; pero es probablemente necesario responder a la pregunta “¿a qué estamos esperando?” que se hacen los autores con un “Calma, calma!”. Noruega ha proporcionado al mundo un laboratorio maravilloso para evaluar la validez de las cuotas de género. Los resultados hasta ahora nos llevan a deducir que existen riesgos económicos serios y que el diseño de las cuotas tiene que ser algo que hay que pensar muy bien. Noruega con su enorme riqueza se puede permitir este laboratorio; sin embargo, hay importantes razones para pensar que España no puede en estos momentos y que lo razonable es esperar y observar.
Adams, R., and Ferreira, D. (2009), Women in the boardroom and their impact on governance and performance, Journal of Financial EconomicsVol. 94, No. 2, pp. 291–309.
Ahern, K. R., and Dittmar, A. (2011), The Changing of the Boards: The Value Effect of a Massive Exogenous Shock, Quarterly Journal of Economics, Vol. 127, No. 1, pp. 137-197.
Matsa, D. A., and Miller, A.R. (2013), A Female Style in Corporate Leadership? Evidence from Quotas. American Economic Journal: Applied Economics. 5(3): 136-169.

Cuidado, ¡los robots nos harán más pobres y nos quitarán el empleo! ¿O no?

La revolución tecnológica está acelerando el ritmo al que se automatizan procesos antes realizados por humanos. Y la mecanización ha vuelto a poner en relieve un miedo que hasta ahora se había mostrado infundado: ¿harán las máquinas desaparecer la mayoría del trabajo humano? ¿Reemplazarán los robots a los humanos en la mayoría de los puestos de trabajo? La respuesta clásica a este tipo de preguntas ha sido siempre bastante optimista: la mecanización lleva ya dos siglos sustituido trabajo humano por máquinas, pero este proceso no ha tenido como consecuencia un mayor nivel de desempleo, sino todo lo contrario: una mayor ocupación junto con un crecimiento generalizado del bienestar. Pero algunos autores de relieve, como los profesores del MITErik Brynjolfsson y Andrew McAfee, han comenzado a argumentar que estas dinámicas podrían estar cambiando, y que la aceleración de la innovación puede llevar consigo una destrucción permanente de empleo. ¿Es fundado dicho miedo? ¿Podría ser esta vez diferente?
http://www.sintetia.com/cuidado-los-robots-nos-haran-mas-pobres-y-nos-quitaran-el-empleo-o-no/

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Uno de los primeros movimientos organizados contra la mecanización, y sin duda el más relevante, fue el movimiento ludita surgido en Inglaterra a principios del S. XIX y formado por obreros de la industria que veían cómo sus trabajos pasaban a ser realizados por máquinas. Aunque los luditas luchaban por su propio empleo, sus quejas calaron en una sociedad poco acostumbrada a que la innovación destruyese puestos de trabajo. Por el contrario, y aunque el miedo y el recelo a la mecanización nunca ha abandonado al ser humano, los dos siguientes siglos trajeron un escenario muy distinto al temido por los obreros de la industrialización: la mecanización fue sustituyendo las tareas más repetitivas y penosas, liberando esfuerzos que pasaban a aplicarse a nuevas tareas con un mayor componente de abstracción y creatividad. Las nuevas máquinas resultaron ser complementarias del esfuerzo humano -ya que eran humanos quienes concebían, diseñaban, fabricaban, operaban y reparaban dichas máquinas-, ylos salarios de los trabajadores aumentaron sostenidamente por primera vez en la historia. A pesar de la oposición de los luditas, la mecanización impulsada por la innovación había conseguido sacar a la mayor parte de la población de su perenne situación de subsistencia.
La liberación del trabajo humano trajo consigo el nacimiento y crecimiento de incontables industrias antes inviables, como la educación y sanidad universales o la industria del entretenimiento. Además, la mecanización tuvo como consecuencia la revolución sociológica más importante del S.XX: la liberación de la mujer y su incorporación al mercado laboral. A principios del siglo pasado, las labores del hogar requerían el trabajo completo de una persona de la familia. Como la mayoría de los empleos tradicionales necesitaban un alto componente de fuerza física, lo habitual en la mayoría de sociedades era que el hombre trabajase fuera de casa y la mujer atendiese las incontables necesidades familiares. Pero a mediados del siglo comienzan a nacer una serie de avances que reducen considerablemente el tiempo necesario para atender un hogar: agua corriente, nuevos productos químicos para la limpieza, lavadoras, aspiradoras, pañales desechables, leches de fórmula para lactantes, neveras y un largo etcétera hacen posible cubrir las necesidades domésticas con una fracción del tiempo anterior. Según la perspectiva ludita, el resultado de estas innovaciones habría sido un paradójico desastre, ya que la función de la mujer se tornaría innecesaria.
Pero el resultado fue el opuesto: gran parte de las mujeres, liberadas de la dureza de las tareas clásicas del hogar –piense en el esfuerzo necesario para caminar hasta el río para lavar la ropa de la familia a mano, pañales incluidos, atendiendo simultáneamente a varios hijos sin carritos para bebés-, comenzaron a incorporarse a un mercado de trabajo antes casi exclusivo de hombres. Es más, los nuevos empleos creados requerían cada vez menos fuerza física y más capacidad intelectual, lo cual equiparaba por fin en oportunidades a hombres y mujeres. A finales del S.XX, la brecha de ocupación y salarial se había reducido enormemente en numerosos sectores, y la mujer había comenzado a ocupar puestos de trabajo en empleos antes considerados puramente masculinos -como por ejemplo el ejército o los cuerpos de bomberos-. Las lavadoras “expulsaron” a muchas mujeres de su anterior ocupación… hacia trabajos de más calidad que permitieron su independencia.
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¿Cómo han sido capaces las economías de crear tantos puestos de trabajo a la medida que otros se mecanizan? La clave se encuentra en que las necesidades humanas han demostrado ser hasta ahora infinitas. Una vez saciadas las necesidades más básicas, las personas pasan a demandar dos tipos de nuevos bienes o servicios: por un lado, mejoras de bienes o servicios existentes, que a menudo se traducen en ganancias de tiempo libre; por otro, nuevos servicios que antes ni siquiera existían. Si bien podríamos llegar a pensar que las ideas para nuevos servicios pueden llegar a ralentizarse o desaparecer, la demanda de tiempo libre permanecerá inalterada: los humanos siempre tendrán una escasez de tiempo, y cualquier innovación, servicio o máquina que les haga ahorrar unos minutos al día encontrará su demanda.
Históricamente, las personas desplazadas por las máquinas lograron encontrar ocupación en dichas nuevas industrias. Este cambio no ha sido a menudo estrictamente personal, sino generacional: al destruirse una ocupación concreta -como, por ejemplo, gran parte de la minería en España-, los trabajadores del sector suelen recibir ayudas o incluso ser prejubilados mientras se ponen los medios para que la generación que los sucede pueda encontrar ocupación en otros sectores.
¿Puede ser esta vez diferente?
¿Pueden dejar de funcionar estas dinámicas de reciclaje de los trabajadores que han funcionado históricamente? ¿Por qué podría ser diferente en esta ocasión? Brynjolfsson y McAfee argumentan que hasta ahora solo hemos vivido las primeras fases del crecimiento de la tecnología, pero que la aceleración de la misma excederá nuestra capacidad de adaptación y puede crear bolsas de paro masivo en numerosos estratos sociales. Para explicar este fenómeno, recurren a la expresión “segunda mitad del tablero de ajedrez”, de Raymond Kurzweil, basada en la famosa parábola de los granos de trigo y el tablero de ajedrez.
En dicha parábola, el inventor del ajedrez pide como recomensa a su entusiasmado rey que éste deposite un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda y que vaya doblando sucesivamente dicha cantidad hasta alcanzar la última. El inventor jugaba así con la conocida trampa del crecimiento exponencial, ante el cual la intuición humana falla estrepitosamente. Kurzweil se refería a en su expresión “segunda mitad del tablero de ajedrez” a aquel punto en el que el crecimiento de una magnitud es tal que su impacto en cada paso desborda cualquier capacidad de previsión. Brynjolfsson y McAfee se basan en dicha metáfora y en la Ley de Moore -por la cual la potencia de computación se dobla cada dos años- para argumentar que la humanidad ha podido hasta ahora adaptarse con facilidad al cambio tecnológico ya que este se encontraba todavía en “la primera mitad del tablero de ajedrez”.
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Pero, tras varias décadas de crecimiento de la potencia de computación, las máquinas están empezando a realizar tareas antes posibles solo para el ser humano, como reconocer personas concretas en imágenes, conducir un coche, ganar un concurso de preguntas y respuestas -el programa de IBM Watson venció en el popular programa Jeopardy- o aprender a clasificar galaxias. Si el ritmo de crecimiento exponencial se mantiene, dentro de unas pocas décadas las máquinas podrían estar realizando la práctica totalidad de las tareas que actualmente desempeñan los humanos. ¿Podremos adaptarnos de nuevo esta vez o fracasaremos como sociedad ante este reto?
La respuesta más plausible es que el impacto del crecimiento tecnológico será muy desigual, ya que afectará en gran medida a los trabajadores poco cualificados, que deberán competir con las máquinas en cada vez más actividades, mientras que las ocupaciones con alto componente de creatividad y programación podrán reorientar sus carreras con mayor facilidad. Si el impacto fuese tan fuerte como Brynjolfsson y McAfee argumentan, el problema en el medio y largo plazo sería eminentemente político. ¿Cómo dar cobertura social a las grandes bolsas de nuevos desempleados con nulas perspectivas laborales? Aunque las ganancias globales de la robotización a buen seguro excederán las pérdidas de algunos colectivos, ¿cómo asegurar que los damnificados serán compensados adecuadamente? Las nuevas tecnologías pueden hacer desaparecer en cuestión de unos pocos años ciertas actividades -fotografía no digital, agencias de viajes, brokers de bolsa, etc-, mientras antes este proceso llevaba habitualmente décadas. En defintiva, la tecnología acorta de forma intensa los ciclos de vida de un producto o servicio.
Repartiendo el bienestar
Pero las predicciones de los autores más catastrofistas se enfrentan a un problema conceptual: si el ritmo de crecimiento de la tecnología permanece realmente constante -es decir, si la productividad sigue creciendo a un ritmo exponencial- todas estas preocupaciones serían infundadas por la explosión de riqueza que el mundo viviría. Imagine como ejercicio mental un punto de la historia en el que se crea un robot de forma homínida con productividad laboral idéntica a la de un ser humano y viable para ser utilizado como un trabajador –lo cual equivaldría a decir que el coste anual de emplear a dicho robot habría de ser similar al coste salarial anual de emplear a un trabajador humano-. Pues bien, incluso en el supuesto de que los costes de fabricación del robot permaneciesen constantes -cuando sabemos que dichos costes tienden a caer-, su productividad continuaría duplicándose cada dos años. Pasados diez años, cada robot produciría lo equivalente a 32 humanos, y cuarenta años después… ¡el equivalente a 1.048.576 trabajadores! Pues bien, si el Estado conserva para entonces una cierta capacidad impositiva, podría garantizar mediante la compra de robots un nivel de vida hoy inimaginable para la mayoría de la población: mientras un robot realizaría la producción equivalente a un millón de humanos, su coste de adquisición rondaría solo la productividad media anual de un trabajador. En términos actuales, un robot costaría unos 50.000 euros, pero entre 20 robots conseguirían producir todo el PIB que hoy se genera en España. Además, dichos robots podrían a su vez producir otros robots, dando lugar a un PIB difícil de estimar.
Todos estos escenarios parecen hoy más cercanos a la ciencia ficción y son seguramente utópicos, ya que quizás la velocidad de computación no se duplique indefinidamente. Pero merece la pena recordar que las teorías más alarmistas se basan precisamente en una prolongación indefinida de las tendencias tecnológicas actuales, y que esas tendencias tendrían a su vez unos efectos beneficiosos de proporciones incalculables.
En última instancia, conviene tener presente que la solución a dichos problemas, tanto en el corto como en el largo plazo, será siempre política: si el nuevo progreso traerá una destrucción de empleo más intensa de la habitual, nuestras sociedades habrán de aceptar y paliar dichas consecuencias negativas para que la legitimidad del sistema no se vea socavada. Las visiones catastrofistas necesitarían, para hacerse realidad, un sistema político inexistente o completamente capturado por los intereses particulares. Y quizás la situación española pueda no invitar al optimismo respecto a esto último, pero conviene recordar que la España atraviesa una situación excepcional que no tiene reflejo en el resto de democracias avanzadas. Si el sector público persiste al menos en su forma actual, las increíbles ganancias productividad podrían ser aprovechadas por la población en su totalidad.

Falacias financieras de Pablo Iglesias

La deuda pública no va de cafés y gin-tonics: las falacias financieras de Pablo Iglesias

 17 noviembre 2014 21





No dejamos de escuchar la metáfora sobre el café y los gin-tonics por parte de nuestra joven promesa de la política española, Pablo Iglesias.
Podemos-Pablo-Iglesias-
Bate récords de audiencia, incluso explicando que la deuda no propone impagarla, en términos genéricos, sino que propone hacerlo de forma selectiva. Para ilustrar su criterio selectivo usa una metáfora que es más o menos así:
Si yo estoy tomando un café en una terraza, y cuando viene el camarero incluye en mi factura los gin-tonics de la mesa de al lado, me negaré a pagar esas bebidas y pagaré solo mi café“.
Bonita metáfora, no cabe duda. Gin-tonics en alusión a los excesos de ciertos gobiernos anteriores, y café en referencia a las inversiones modestas y sensatas. Sin embargo, al margen de estos atajos de comunicación de Pablo Iglesias, vamos dar un poco de contenido a periodistas y lectores curiosos para entender porqué esta afirmación es sencillamente falsa. En la vida real la deuda del Estado nunca se comportaría como un factura de un restaurante.
Ojalá la vida financiera fuera tan sencilla como quiere mostrar Pablo Iglesias.
Los fondos de un Estado se captan a través de dos vías: (1) impuestos y (2) emisión de deuda propia. Dejando de lado los ingresos vía impuestos, la deuda se capta en lo que se denomina “single pot”, algo así como “bolsillo único”. A principios de año, en los presupuestos generales del Estado, se determina el volumen de nueva financiación que el Estado acuerda acometer para el próximo curso fiscal. El responsable de la captación será básicamente el Ministerio de Economía, a través de la Dirección General del Tesoro, con la conocida como deuda del Estado que captamos básicamente con subastas (de Letras y Bonos) y alguna que otra colocación privada de deuda. Pero hay más organismos que captan deuda garantizada, como la Corporación de Reservas Estratégicas (CORES) o el Fondo de Amortización de la Deuda Eléctrica (FADE) por ejemplo.
Así, las arcas del Estado ingresarán unos flujos de efectivo (recordemos que vienen de ingresos fiscales y de ingresos de deuda) que se destinarán a unos fines determinados, ya sea para subsidios de desempleo, pensiones, infraestructuras, o toda una amalgama de partidas presupuestarias.
De esta manera es imposible, en la práctica, determinar qué dinero ingresado se dedica a qué finalidad ¿Acaso pagan los ingresos fiscales las carreteras o las ayudas al desempleo? ¿O es que las Letras del Estado se destinan a los salarios de los funcionarios? El “single pot” lo que dice es que no hay una relación unívoca de ingresos con gastos.
De facto, una auditoría de la deuda tal y como plantea Pablo Iglesias no solo es imposible, es que una simplicidad que denota dos cosas (1) o desconoce el sistema financiero de cualquier país moderno o (2) tergiversa la realidad y la exprime para crear historias y lógicas que cualquiera pueda comprender…el problema es que esas historias son falsas. Un Estado no es una familia, ni una empresa, es un ente diferente cuya gestión (pública) tiene sus peculiaridades.
Pensar y repetir una y otra vez, así como trasladar el mensaje a la ciudadanía, que auditar la deuda de España tan factible y tan sencillo como “localizar los gin-tonics e impagarlos” es temerario, además de en este caso falso por imposibilidad administrativa.
Como guinda, les planteamos a los periodistas que en adelante vayan a entrevistar a Pablo Iglesias que le pregunten sobre el impago de la deuda argentina de este mismo año 2014. Una larga historia llena de tecnicismos legales, algo muy real en las finanzas públicas, pero cuya esencia es muy similar al mensaje que expone Pablo Iglesias.
Argentina impagó selectivamente (este termino existe como tal y es declarado por ISDA y las agencias de rating como un hecho determinando de una quiebra) porque determinó unilateralmente que determinados bonistas suyos (alguno de esos que se toman gin-tonics y los pasan a otras cuentas) no merecían cobrar todo lo que se indicaba en esos bonos. Y efectivamente les pagó, pero un importe menor. Según Argentina, ella pagó (luego no quebró), pero según el juez (americano) si no pagas todo lo que se debe es como no pagar, y eso es quiebra. Se llama cross-default y los programas de emisión de deuda soberana siempre incluyen esta cláusula.
Quizás sea necesario recordar a aspirantes a gestores públicos como Pablo Iglesias, que de la teoría a la práctica hay un gran trecho. Y en este caso, el trecho ni siquiera es físicamente posible construirlo. ¿O también se pueden construir puentes al vacío? Si hablamos de ética, de confianza, de transparencia, empecemos a aplicar también los fundamentos financieros más básicos. Todos los ciudadanos españoles dependemos de que lo comprendan bien y sean escrupulosos con las cosas ‘de comer’.

Nunca te fíes de un economista que no dude



    Nunca te fíes de un economista que no dude

    http://www.expansion.com/blogs/conthe/2015/03/26/nunca-te-fies-de-un-economista-que-no.html
    http://www.sintetia.com/extra-extra-sintetia-publica-un-libro-nunca-te-fies-de-un-economista-que-no-dude/
    El próximo 24 de marzo se verá culminado uno de nuestros sueños, publicar un libro divulgativo, a ser posible ameno y, sobre todo, que permita abordar y aportar un prisma de lo que es la economía y el trabajo de los economistas de una manera ‘distinta’, incluso un poco friki. Todo esto fue posible gracias a Roger Domingo, editor del gran grupo Planeta Editorial. Roger nos animó, lo trabajamos, y con su apoyo constante y la gran ilusión que nos hacía, nos permitió escribir un libro que pretende meter el dedo en el ojo a ‘los gallitos’, a los que creen que el mundo es lineal y predecible, a los que hablan como si sus sentencias tuvieran que ser esculpidas en piedra.
    Sintetia_Nunca_Te_Fies_Economista_No_Duda
    Vivimos en un mundo cada vez más complejo, más interconectado, con más y mejor acceso a información (que no conocimiento), que abre nuevos retos y que pone contra las cuerdas muchos axiomas que, en ocasiones, los economistas damos por supuesto sin más. Por eso, “Nunca te fíes de un economista que no dude”… nunca te fíes de un gallito que usa muchas palabras técnicas que tratan de apabullar y que se crea con cierta superioridad intelectual por ello. Ni te fíes de alguien que no asuma que el ser humano es imperfecto, no es un robot, y que a veces la información tampoco es perfecta, ni los mercados, ni todas las decisiones son racionales o que la forma en la que hacemos las cosas y nos organizamos es fiable y sostenible. Todas estas cuestiones se pueden (deben) cuestionar, se tienen que poner contra las cuerdas, romper el puzle y tratar de buscar nuevos prismas para analizar la realidad. Y eso es lo que pretendemos con el libro. 
    Pero, no te equivoques, no es un libro de recopilación de artículos de Sintetia, ni mucho menos, sino que tratamos de, con la mismas gafas de analizar la realidad, hilvanar nuevas reflexiones en modo ‘Freakeconomics’. Claro que alguna vez las hemos tratado en Sintetia, y las hemos debatido con nuestros lectores, pero te encontrarás un libro diferente, que pretende ser fresco e, incluso divertido. El reto era muy grande, ojalá que lo hayamos logrado. Pronto lo sabremos cuando, espero, lo leas y nos digas qué te parece.
    No podemos olvidar en este momento que el pasado mes de diciembre hace 5 años ya que tres economistas muy curiosos, y sobre todo, inquietos, decidieron lanzar un portal como Sintetia.com. Nunca nos íbamos a imaginar que aguantaríamos hasta donde estamos hoy. Unos 1.500 artículos publicados, con tantísimas visitas, con una comunidad en redes sociales muy activa de la que aprendemos mucho. Nunca nos imaginamos que nos íbamos a meter en tantos charcos ni que íbamos a disfrutar al máximo (el único incentivo de todo esto) destripando la realidad económica. Y, sobre todo, nunca imaginamos haber creado una comunidad de mentes inquietas, pensantes, apasionadas que se han unido a nosotros para tratar de sumar un granito de arena al mundo de la economía, de las finanzas o del management.

    ¿Y qué podemos decir del prólogo? Quisimos hacer un prólogo distinto, les hicimos a cinco economistas top, de gran prestigio y con gran capacidad de comunicación, una misma pregunta: ¿Cómo usas la economía en tu vida cotidiana? Y la respuesta ha sido fantástica, lo que ha dado lugar a cinco prólogos magníficos de personas extraordinarias y que siempre han estado ahí ayudándonos desde hace mucho tiempo: Daniel LacalleJosé Carlos DíezEmilio OntiverosManuel Conthe y José María Gay de Liébana. Al final hemos sacado de su mundo profesional a estos cinco profesionales para colocarlos en un foco más “friki” y cotidiano. El resultado ha sido fantástico, o eso creemos :)


    La pequeña introducción del libro acaba así y con ello este anuncio:

    “Sintetia.com nos ha traído muchas alegrías, alguna en forma de premio, pero, sin duda, la más valiosa, el descubrimiento de grandes economistas a cuyas voces hemos sido capaces de darles un altavoz. Algunos están firmando aquí con nosotros este primer libro, y por ello se lo agradecemos de corazón. Tanto como al resto de la familia y que queremos darles las gracias igualmente: Simón González de la Riva, Lilian Fernández, Sebastián Puig, Carlos Aparicio, Gian-Lluís Ribechini Creus, Manuel Illueca o Pablo Blasco, entre muchos otros.

    Esperamos que el libro te ayude a cultivar la duda en su forma de analizar nuestra realidad. Quizás tu reacción cuando leas el título es que no solo los economistas tienen que dudar para ser fiables, sino cualquier persona o gran profesional. La duda es el combustible para seguir investigando, es el incentivo para pensar y mejorar en ese acercamiento hacia la verdad (siempre tozuda y cargada de aristas). Y la tarea de un economista no solo está en comprender y explicar qué es la deuda, el déficit o cómo funcionan los impuestos. Aspiramos a que como lector tomes prestadas algunas de las herramientas de los economistas a la hora de pensar en tu día a día: te resultará a la vez útil y divertido. ¡Prometido!”

    Acaba de publicarse "Nunca te fíes de un economista que no dude" (Deusto, Grupo Planeta), recomendable libro del que son principales autores -y coordinadores-, Javier García, Andrés Alonso y Abel Fernández, tres jóvenes economistas que coincidieron en la Universidad de Oviedo y, repartidos hoy por España, son, entre otras ocupaciones, editores del blog colectivo Sintetia. 
    Tiempo tendré para referirme a su contenido, emparentado, como ellos mismos dicen, con el deFreakonomics. Lo corrobora un pequeño ramillete de preguntas que el libro analiza: ¿quiénes son los culpables de los atascos en carretera? ¿son más inteligentes los grupos con mayor proporción de mujeres? ¿influyó el atentado del 11-M en las elecciones generales de marzo de 2004? ¿mejora el consumo de chocolate el rendimiento intelectual? ¿favorecen las mujeres la promoción laboral de otras mujeres? ¿tiene el Gordo de Navidad algún efecto político? 
    En nuestra modesta aportación al prólogo, Emilio Ontiveros confiesa que al organizar sus veraneos se deja llevar por impulsos viscerales (animal spirits) muy poco "optimizadores" y terminantemente prohibidos en Analistas Financieros Internacionales (AFI); Daniel Lacalle, que sostiene duras negociaciones con sus hijos sobre la paga semanal (pero no me queda claro si es o no un padre "hueso"); José Carlos Díez desvela su método para comprar buenos coches de segunda mano sin sucumbir a la maldición de Akerloff de los lemons; y yo mismo cuento -como expongo más abajo y algunos lectores fieles recordarán- que quienes vamos los sábados a comprar pescado a la galería de alimentación de Las Rozas confirmamos, sin saberlo, la "hipótesis de las expectativas racionales" (el subtítulo, generoso con Aurelio, es a él a quien atribuye esa conducta).
    Reitero la recomendación con la que concluyo el prólogo del libro: leánselo entero.      
                                                     Aurelio y las expectativas racionales
    El sonriente personaje de la foto es Aurelio, fotografiado en una de las dos pescaderías de Las Rozas (Madrid) que llevan su nombre ("Pescaderías Aurelio"), la situada en la galeria de alimentación de la calle Real, a la que voy muchos sábados desde hace ya muchos años. 
    Disfruta de merecida fama, basada en un magnífico pescado, a buen precio, cortado y despachado con maestría. Una de las cosas que me entretiene es ver la destreza y rapidez con la que él y Julio, su compañero, auxiliados por Lando, limpian el pescado (mi admiración creció tras vivir en Bruselas y Washington, donde en las escasas pescaderías que encontré los dependientes luchaban a brazo partido, con poca maña, con las piezas que se avenían a limpiar).
    Con los hombres Aurelio se muestra más serio,pero con las clientas habituales está siempre de broma. A unos y otros nos nos aplica, sin embargo, una misma técnica, que provoca risas entre quienes pueden ver la báscula: cuando le pides pescado al peso (bonito, merluza, rape...), Aurelio corta una pieza cuya peso indefectiblemente supera en un 10 o 20% lo que le pediste. Si se acerca al peso solicitado -y no digamos si no lo alcanza-, él mismo se sorprende y se echa a reir.
    Algunas clientas rezongan y a veces piden que les quite el exceso, pero la gran mayoría de clientes siempre damos por bueno el corte. ¿Cómo explicar tan tolerante actitud?
    Obedece, a mi juicio, no solo a la calidad del producto y del espíritu jovial de la clientela, sino al fenómeno conocido en macroeconomía como "crítica de Lucas", "tesis de la ineficacia de las políticas" (policy ineffectiveness proposition) o hipótesis de las "expectativas racionales" (rational expectations): como todos los clientes habituales conocemos la "regla de Aurelio", pedimos menos de lo que queremos, para acabar con un peso cercano al que deseamos. En suma, incorporamos a nuestras expectativas la "regla de Aurelio", adaptamos a ella nuestra conducta y, por ello, la hacemos ineficaz.
    El fenómeno lo conocen tambien los especialistas en análisis económico del Derecho ("Law&Economics"): saben que las normas legales, salvo cuando se aprueban por sorpresa y se aplican con carácter retroactivo, rara vez logran redistribuir renta entre las partes, pues aquellos a quienes perjudican se protegerán de ellas (para más detalles, véase la pg. 33 del artículo Economic Analysis of Law de Mitchell Polinsky y Steven Shavell).
    Así, en aquellos remotos tiem0os del servicio militar obligatorio, las empresas sorteaban la obligación lega de conceder excedencia especial a los trabajadores llamados a filas contratando solo a mozos con "servicio militar cumplido". Por parecido motivo, hay quien piensa que las medidas de protección laboral a las trabajadoras gestantes, aunque bienintencionadas, pueden también estar dificultando en la práctica la contratación o promoción de mujeres en edad fértil y con pareja.
    Es cierto que, en ocasiones, las autoridades logran sorprender al mercado, como logró también Aurelio hace un par de años, cuando le pedí kilo y medio de rape para la comida de Navidad y me cortó dos kilos, ¡un exceso superior al 30 por ciento! (a la postre acertó y no me fue mal, porque luego vino a comer más gente de la prevista).
    Pero desengañémonos, son casos excepcionales: cuando hay libertad para llevar a cabo  o no un acto regulado, el carácter tuitivo o reglamentista de la norma puede resultar ineficaz. Por eso, lautoridad benevolente que desee redistribuir rentas debe estar dispuesta a privar a sus víctimas de elección. Espero, sin embargo, que Aurelio no lo sepa nunca, para que no acabe ordenándonos a sus devotos clientes cuánto le tenemos que pedir antes de que nos lo pese. 

    Infección cerebral, ideologia mórbida. M.Vicenç

    Existe una infección cerebral, que se llama ideología mórbida, mucho más contagiosa que la gripe del pollo o la enfermedad de las vacas locas, contra la que no existen vacunas.
    http://elpais.com/elpais/2015/03/27/opinion/1427468272_148507.html

     Uno de los síntomas de esta infección es una fiebre rara que te impide ver el lado sórdido de los políticos de tu partido. Aunque los medios de información descubran y aireen cada día sus delitos de cohecho, malversaciones de caudales públicos y robos descarados piensas que sus tropelías no te atañen. Los votas, pero tú eres un ciudadano honorable. Por mucho que los veas entrar y salir de los juzgados y de las cárceles, esa fiebre ideológica te obliga a creer que basta con el cabreo para sentirte a salvo del contagio. Los votas, pero tú eres un ciudadano incontaminado. La virulencia de esta infección cerebral te llevará a las urnas una vez más como un borrego y, pese a haberte desayunado a lo largo de una legislatura con los latrocinios evidentes de los políticos de tu partido, incluso celebrarás su triunfo si ganan las elecciones. Pero después de depositar el voto en su favor, aunque no lo notes, volverás a casa con el cerebro seriamente dañado. Los efectos de esa lesión son expansivos y envolventes, actúan como una lenta bajada de las defensas, de modo que sin darte cuenta irás perdiendo la autoestima y llegará un momento en que ya no podrás reaccionar contra cualquier clase de injusticia, hasta considerar muy natural que te roben a ti directamente. A estas alturas, un ciudadano libre tiene la obligación de saber que votar a un Gobierno corrupto es un acto inmoral, que te hace cómplice de la corrupción. Te creías vacunado contra esa basura, pero un día el espejo ante el cual tu rostro se refleja, puede que te dé un veredicto fatídico: si de forma consciente votas a un político corrupto es porque tú en su caso harías exactamente lo mismo.

    El juego del bien público

    Imaginemos que unos investigadores nos eligen a nosotros y a otros 3 ciudadanos para llevar a cabo un experimento.
    http://www.expansion.com/blogs/conthe/2013/08/24/el-juego-del-bien-publico.html#comentarios
    Nos regalan de entrada, sin condiciones, 100 euros a cada uno. Pero nos ofrecen la oportunidad de aportarlos, en todo o en parte, a un proyecto común, en el que por cada euro que el conjunto de los 4 ciudadanos aportemos, cada uno de nosotros recibirá 0,4 euros -con independencia de que hayamos o no contribuido al proyecto-.
    Así pues, los investigadores satisfarán un total de 1,6 euros por cada euro de aportación total que reciban. Y los distribuirán de forma igualitaria, sin tener en cuenta quiénes efectuaron las aportaciones.
    Los 4 ciudadanos no podemos comunicarnos entre nosotros y, aislados, deberemos tomar nuestra decisión de forma independiente.
    Preguntas¿Qué porcentaje de nuestros 100 euros aportaremos al proyecto común? ¿Qué factores influirán en nuestra decisión? 
    Respuesta
    La situación descrita es conocida en Teoría de Juegos y de la Hacienda Pública como el "juego del bien público" (public good game)o PGG -o, a veces, voluntary mechanism contribution (VCM)-, porque ilustra el dilema social que surge cuando un bien o una inversión beneficia a todos los miembros de un grupo social, con independencia de que contribuyan a sufragarlo. En tal caso, el ideal egoísta para cada miembro es que el bien se produzca, pero que lo financien los demás, y,, en consecuencia, actuar como un "gorrón", "escaqueador" o "polizón" (en inglés, free rider, en alusión a quien utiliza un transporte público sin pagar billete).
    En nuestro ejemplo, cada euro aportado al proyecto proporciona a cada miembro un rendimiento individual de 0,4 euros (=1,6/4), magnitud que se denomina a menudo "rendimiento marginal per capita" (en inglés, MPCR).
    Por eso, en nuestro ejemplo el ideal egoista para cada ciudadano es quedarse con sus 100 euros, pero que los demás aporten los 100 suyos, lo que hará que el "gorrón" consiga 100 + (480/4) = 220 euros. Por otro lado, el resultado peor posible será el que logrará un idealista que aporte, en solitario, sus 100 euros íntegros, sin que sus tres conciudadanos aporten nada, porque obtendrá tan sólo 160/4 = 40 euros y habrá hecho "el primo" (en inglés, be the sucker). Desde el punto de vista colectivo, el resultado mejor es que los 4 aporten sus 100 euros, lo que hará que cada uno logre 640/4 = 160 euros.
    Ahora bien, como enseguida veremos, en ausencia de coordinación previa y confianza recíproca, ese resultado global ideal no se alcanzará habitualmente, tanto por el posible deseo de algunos de actuar como "gorrón" como por el temor de otros de "hacer el primo".
    Como ese problema se plantea con frecuencia en muchas situaciones sociales, el "juego del bien público" ha sido objeto de muchos experimentos, varios de los cuales se resumen en public good experiment y en un artículo reciente de los investigadores españoles Pablo Brañas y María Paz Espinosa: Unraveling in public good games.
    En los experimentos, los porcentajes medios de iaportación:
    - Son positivos (es decir, los jugadores no son "gorrones"), pero siempre están por debajo del 100%. Un porcentaje frecuente de aportación inicial es del 40-60%.
    - Son tanto mayores cuanto mayor sea la rentabilidad per capita del proyecto.
    - Son mayores cuando los jugadores han tenido posibilidad de comunicarse entre sí antes del juego (supuesto que habíamos excluido en nuestro ejemplo).
    Cuando el juego se juega en rondas sucesivas entre desconocidos, el porcentaje de aportaciones suele ir bajando.
    Así, en el experimento que Pablo Brañas y María Paz Espinosa llevaron a cabo en mayo de 2007 con 48 estudiantes de la Universidad de Granada, los resultados en las sucesivas rondas fueron (véase la línea rosa):
    Como se observa, los estudiantes granadinos empezaron contribuyendo el 40%, pero acabaron contribuyendo el 18% (la línea más oscura mide la estimación de los propios estudiantes de lo que iban a contribuir, en promedio, el conjunto de todos ellos).
    Como adelantó Gatekeeper (# 2) y se explica en la Crónica que reproduzco más abajo, dos economistas suizos introdujeron en el juego una pequeña variante: añadieron una fase final en la que los jugadores, tras conocer cuánto ha contribuido cada uno al bien público, tienen  oportunidad de castigarse entre sí. En particular, por cada unidad monetaria a la que renuncie el castigador, el destinatario del castigo perderá 3 unidades. Se trata, pues, de un castigo muy eficaz, pero "altruista", porque quien lo ordena soporta un coste.
    ¿Produjo algún cambio de actitud ese cambio? La respuesta, más abajo.  
                                                                            El valor de los valores
    [Publicado en "Expansión" en marzo de 2009]
    El pasado 26 de febrero muchos comprendimos el impulso que llevó a Emilio Gutiérrez, vecino de Lazkao cuyo piso había sido destrozado el día anterior por una bomba de ETA, a emprenderla a mazazos contra la herriko-taberna en la que se reúnen quienes simpatizan con los terroristas. Más desasosiego me produjeron las palabras de la joven iraní Ameneh Bahrami, cegada en 2004 con ácido sulfúrico por un pretendiente rechazado, cuando hace unos días manifestó en Barcelona que, si pudiera, ejecutaría ella misma la sentencia del tribunal islámico iraní que le permitirá escoger entre una compensación económica de su agresor -alternativa que ha rechazado- o cegarle con ácido. "Habrá mucha gente que quiera hacerlo por mí", añadió.  
    Retribución bilateral  
    En su célebre libro The Economics of Justice (1981) el juez americano Richard Posner explicó cómo el elevado riesgo de que la víctima o su familia se venguen frena la violencia en aquellas sociedades primitivas o caóticas que carecen de medios públicos eficaces para castigar  a los agresores. La vieja "ley del Talión" en que se inspira la ley islámica limita la represalia al daño causado, configurándola como una proporcionada "retribución" que evita la espiral de odio que provocaría una venganza desaforada. El carácter irreflexivo y visceral del deseo de represalia será un mecanismo de "compromiso" ( committment) que hará el castigo más verosímil: "Saber que una víctima se vengará cuando sea atacada sin llevar a cabo un análisis coste-beneficio disuadirá las agresiones con más eficacia que si se sabe que la víctima responderá racionalmente a cada agresión ponderados los costes y beneficios de la represalia".  
    Según Posner, el amplio arraigo social de ese impulso retributivo ("¡éste me las pagará!") es fácil de explicar por razones darwinianas y culturales: si es conocido por los agresores, disminuirá los ataques y aumentará la probabilidad de supervivencia de las potenciales víctimas. Más difícil de explicar resulta, sin embargo, que la reacción contra el atacante no proceda de la víctima o de sus familiares, sino de un tercero, especialmente si su acción le acarrea costes o riesgos.  
    Castigo altruista  
    Dos economistas suizos, Ernst Fehr y Simon Gächter, vienen estudiando durante la última década ese fenómeno del "castigo altruista" (altruistic punishment). Uno de los varios juegos que utilizan para analizarlo es el llamado "juego del bien público" ( public good game).  
    Imaginemos que 4 ciudadanos reciben 20 unidades monetarias cada uno y deben decidir qué parte de esa suma destinan a un proyecto común o bien público. Por cada unidad monetaria que se destine al proyecto, cada uno de los 4 ciudadanos recibirá un beneficio de 0,4 unidades -con independencia de que haya o no contribuido-, de forma que el beneficio conjunto será de 1,6 unidades. A pesar de esa gran rentabilidad del proyecto, cada ciudadano tendrá la tentación de hacerse el remolón a la hora de financiarlo y "escaquearse" (free riding), pues por cada unidad que aporte sólo percibirá un beneficio individual de 0,4 unidades. Ahora bien, si todos ceden a esa tentación, el proyecto público no saldrá adelante y el grupo no aprovechará esa gran oportunidad. La experiencia muestra que, cuando el juego se desarrolla entre personas que no se conocen ni pueden comunicarse entre sí, muchos jugadores terminan sucumbiendo a la tentación y la cooperación acaba decayendo.  
    El cambio que Fehr y Gächter introdujeron en el juego fue añadir una fase final en la que los jugadores, tras conocer cuánto ha contribuido cada uno al bien público, tienen  oportunidad de castigarse entre sí. En particular, por cada unidad monetaria a la que renuncie el castigador, el destinatario del castigo perderá 3 unidades. Se trata, pues, de un castigo muy eficaz, pero "altruista", porque quien lo ordena soporta un coste.  
    Los experimentos de Fehr y Gächter son concluyentes: un elevado porcentaje de jugadores (el 84%, en uno de los experimentos) suele aplicar castigos altruistas; los más proclives a castigar son quienes más contribuyen; y, en fin, la amenaza del castigo eleva mucho la aportación media de los jugadores. Así pues, "el acto de castigar, aunque costoso para el castigador, proporciona un beneficio a los demás miembros de la población al inducir a que los potenciales no-cooperadores aumenten sus inversiones", escriben.  
    El valor de las emociones  
    El "altruismo justiciero" -concepto que prefiero al de "castigo altruista", para abarcar también la conducta de quien sale en defensa de la víctima- constituye, por desgracia,  otro bien público susceptible de escaqueo (llamémosle "escaqueo de segundo grado"): incluso quienes aporten su cuota a la financiación del bien público o no ataquen a nadie ni pongan bombas sentirán la tentación de que sean otros quienes castiguen a los infractores o salgan en defensa de las víctimas. Por eso, las reacciones altruistas y justicieras no pueden ser fruto de un cálculo racional, sino el resultado de una emoción o impulso ético espontáneo que, anclado en nuestros valores, prevalece sobre nuestros cálculos egoístas y nos mueve a la acción. Como ocurre con los bienes públicos, cuanto mayor el número de altruistas justicieros, menores los costes y riesgos que deberán soportar: en los experimentos de Fehr y Gächter la abundancia de castigadores altruistas hacen casi innecesarios los castigos.  
    En la vida real se entremezclan a veces el espíritu de venganza y el altruismo justiciero. Tal ocurre, por ejemplo, en muchas denuncias de fraudes (p.ej. la denuncia de la percepción indebida de ayudas sociales por algunos vecinos, como está ocurriendo en Bilbao, según exponía hace unos días la prensa local; o la denuncia por un antiguo concejal despechado de las fechorías de Francisco Correa y sus secuaces). Que tales denuncias puedan nacer del deseo de venganza no es motivo para que se archiven: aunque puedan estar sesgadas o incluso inventadas, pueden resultar preciosas para descubrir infracciones, como expondré otro día.  
    El escaqueo de segundo grado (es decir, no hacer el mal, pero mostrarnos indolentes cuando vemos a otros cometerlo) es, por desgracia, bastante frecuente: todos hemos sucumbido alguna vez a él. Beneficia todavía a quienes defraudan a Hacienda o dejan que su perro ensucie la calle. Es una actitud especialmente visible en muchos nacionalistas vascos: aunque no apoyan ni cometen actos de terrorismo, son indulgentes con sus autores e insensibles con las víctimas.  
    Por fortuna, en ocasiones surgen casos puros y heroicos de altruismo justiciero, como el que protagonizó el 2 de agosto Jesús Neira, cuando salió en defensa de una mujer a quien un hombre maltrataba. El agresor golpeó luego y derribó a Jesús Neira, quien, tras meses en coma, se está recuperando milagrosamente de sus lesiones. Este domingo nos invitaba al altruismo justiciero desde las páginas de " El Mundo":
    "La sociedad no puede ser un muro callado que contempla impasible la brutalidad humana en la más absoluta frialdad. De lo que se trata es de no ser indiferentes ante el sufrimiento ajeno, de no ser insensibles ante el horror que padecen los débiles".
    Neira no se considera un héroe, pero reconoce que, por desgracia, su reacción no es habitual: "Mi actuación respondió a lo que yo considero coherente con mi carácter y mi educación. Si mi comportamiento llama la atención en una sociedad donde no gusta que se maltrate a mujeres es porque muy pocos actúan en su defensa".  
    Una sociedad justa no puede descansar sólo en la racionalidad y espíritu dialogante de sus ciudadanos: precisa también su reacción emocional activa contra quienes pisotean sus valores.

    18 »comentarios:

    Gatekeeper
    #1124.ago.2013 | 21:46
    Me estoy acordando de aquel post con el experimento de los trabajadores de una empresa que aportaban más o menos al bote de la cafetería (al ir a tomar un café) si había una foto de unos ojos (preferentemente intimidantes) en la pared. Me temo que la mejor solución se llama Leviatán.