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lunes, 28 de febrero de 2011

Las lecciones de la revolución egipcia, de Joaquim Muns en Dinero de La Vanguardia


Lo que ha ocurrido en Egipto, que puede calificarse de verdadera revolución, tiene una gran importancia política, económica y social. Además, el hecho de que se haya extendido como reguero de pólvora por el norte de Áfricay varios países de Oriente Medio da a los acontecimientos de Túnez primero y Egipto después un carácter pionero de dimensiones históricas. Algunos han comparado el despertar de todos estos pueblos con la caída del muro de Berlín. Seguramente es prematuro llegar a esta conclusión ante la incertidumbre de cómo acabará el encaje de todas las piezas que se están moviendo. Pero sí que es posible extraer algunas lecciones de esta revolución.
La primera lección es algo que ya venimos comprobando repetidamente; me refiero a las deficiencias de nuestra capacidad de análisis, la falta de intuición y las limitaciones de la prospectiva de nuestros intelectuales. Así, por ejemplo, llama la atención que en ninguno de los quince artículos dedicados al “Mundo que viene”, publicados en este periódico durante los meses de diciembre y últimos y escritos por personalidades de reconocido prestigio, no haya ni una sola sospecha sobre la posibilidad del estallido que se ha producido en los países árabes.
Pero no sólo es un problema de incapacidad de escudriñar el futuro, hasta cierto punto comprensible, sino también de falta de rigor del análisis económico, en gran parte debido a una utilización acrítica de las cifras, sobre todo las del crecimiento de la economía medido por el producto interior bruto (PIB). Por ejemplo, en los últimos cinco años, Egipto ha visto aumentar su PIB a una tasa anual del 5,6%. La confianza en la economía egipcia ha sido avalada por los informes de los organismos internacionales y también por el aumento de la inversión exterior en el país, que ha alcanzado 50 mil millones de dólares en el pasado lustro. En los últimos años, Egipto y la mayoría de sus vecinos ahora en fase de efervescencia política han sido vistos como baluartes de estabilidad y progreso económicos, con una mención especial por haber notado muy poco, se decía, la crisis financiera internacional. Ahora ha aparecido una realidad muy diferente: pobreza, paro, corrupción y opresión.
Así, al igual que la crisis global que vivimos nos ha enseñado que es un error no haber valorado el crecimiento económico de los momentos de euforia en función de su sostenibilidad, es decir, que no se puede crecer y montar un país con el ahorro de los demás sin incurrir en graves riesgos, el caso de Egipto y de sus vecinos nos muestra otro punto débil del crecimiento al que los economistas deberíamos conceder más importancia: la distribución inicua de los frutos del crecimiento económico.
Tradicionalmente, se ha considerado que la desigualdad en la distribución de la renta, aun lamentándola, es un defecto inevitable e inherente al sistema de economía de mercado. Esto ha llevado a legitimar a los Estados en su labor redistributiva de la renta a través de varios mecanismos, entre ellos el sistema fiscal.
El caso de Egipto y de los países que siguen sus pasos revolucionarios nos enseña que esta visión “benigna” de la desigualdad de rentas está abocada a un replanteamiento más agresivo. En particular, cada vez se aceptará menos la desigualdad promovida por gobernantes y élites corruptas que se enquistan en el poder. Será necesario comprender que de la misma manera que un país no puede construirse firmemente con el ahorro de los demás, tampoco puede hacerse permanentemente en base a una élite gobernante corrupta y represora de su pueblo. Es algo a tener muy en cuenta en los futuros análisis de la realidad si pretendemos que sean relevantes.
Además de la desigualdad de rentas y la pobreza de amplias capas de la población, otros factores de peso han incidido en los acontecimientos que estoy comentando. En particular, han sido importantes los fuertes aumentos de los precios de los alimentos. Este es un problema grave, que de persistir, cabe temer que conduzca a movimientos populares como ocurrió en el 2008.
El aumento de los precios del petróleo, que ya han empezado su escalada, agravará estas tendencias inflacionarias.
Otra lección de lo que está ocurriendo en Egipto y otros países de la zona es que la globalización no es únicamente, como solemos pensar, un tema de relaciones más amplias y abiertas entre las naciones, sino también una poderosa palanca de cambio político a nivel nacional. Por primera vez, hemos contemplado, estupefactos, como los medios globales de comunicación entre las personas son más potentes que los ejércitos para derribar a los gobiernos dictatoriales.
Esta es una importante lección para Occidente, que ha buscado la estabilidad aliándose y apoyando a los autócratas y a los grupos de poder de su entorno. Este enfoque ha funcionado, pero con el elevado coste, que ahora se agrava, de la enemistad y el resentimiento hacia Occidente de las masas que buscan la libertad. Seguramente, en el futuro nuestros dirigentes tendrán que hacer más caso de la blogosfera, de lo que se dice y se teje en ella, que de los rutinarios y anodinos mensajes de los embajadores a sus cancillerías sobre la última entrevista con el dictador de turno.
Occidente, que se ha quedado atónito mientras la gente muere en las calles, tiene una oportunidad, que no debería dejar pasar, para reactivar su compromiso con los principios de la libertad y el respeto a los derechos humanos. La esquizofrenia de los derechos humanos como pieza oratoria y la realpolitik como norma de conducta internacional será cada vez más patética.
Creo que las personas de buena voluntad que se sientan demócratas tienen estos días muchos elementos para reflexionar y sentirse, a pesar de todo, fuertes en sus convicciones. Ojalá una de las conclusiones más importantes de lo que está pasando sea la creciente imposibilidad de mantener a los pueblos subyugados en un mundo en el que todos nos conectamos y acabamos palpitando al unísono.
No sabemos como acabará el drama, especialmente en el caso tan horroroso de Libia, que comenzó en Túnez y ha seguido en Egipto y otros países árabes. Pero difícilmente las cosas serán igual que antes en la relaciones internacionales. Pretender que lo sean y no aprender las lecciones de lo que está ocurriendo sólo puede dejar a Occidente fuera de juego. Por ahora, el silencio aturdido y las tímidas amenazas de los gobiernos occidentales no despiertan muchas esperanzas de que hayan entendido lo que está pasando.
Joaquim Muns. Catedrático de OEI en la UB.