En primer lugar, he de decir que una situación de crisis es algo muy serio
que no resuelven los eruditos o pseudoeruditos con teorías que se venden
como la panacea de todos los males, ni mucho menos quienes frivolizan sobre
el tema con análisis estadísticos en los que pretenden encorsetar el
comportamiento humano en este tipo de situaciones límite a lo largo de la
historia, sino que la única cura posible es aplicar medidas prácticas (suelen
resultar altamente impopulares) que deben adoptar las instancias político-administrativas
adaptadas al aquí y ahora.
Del conjunto de planteamientos teóricos y de señales premonitorias que se
barajan en estas situaciones, cabe extraer una realidad: desde hace siglos, se
han registrado fases de convulsión en todos los niveles de la economía que, una
vez medidas, señalan que el sistema económico de que se trate acaba de
alcanzar el nada envidiable estado de crisis.
Más de una vez, seguramente por un exceso de erudición, se va tan lejos como
para señalar al padre de los análisis de las crisis -en concreto de los
fenómenos bursátiles asociados a ellas-, al erudito y polígrafo economista
judío Joseph Penso de la Vega,
que allá por 1688 llegó a satirizar la cuestión (incluso al darle título
a su obra) publicando Confusión de confusiones: diálogos curiosos entre un
philosopho agudo, un mercader discreto, y un accionista erudito, describiendo
el negocio de las acciones, su origen, su ethimologia, su realidad, su juego, y
su enredo (Ámsterdam).
"El papel lo aguanta todo"
Sin embargo, desde que De la
Vega escribiera el primer tratado mundial sobre la bolsa, lo
único que podemos afirmar categóricamente es que el capitalismo, como sistema
económico, en sí, encierra elementos que hacen inevitables las perturbaciones
financieras o crisis.
Por ello, en momentos como los actuales, con la aparición siniestra del
aumento sin límites (por ahora) del paro obrero, de la movilidad de las
inversiones y de muchos avances sociales que habían configurado la estabilidad
económica perdida y el Estado de Bienestar que se gozaba, nos resulta chocante
que esto haya servido para poner nuevamente en el candelero los dicterios de unos
economistas, supuestamente adocenados, que se creen en poder de una especie de
varita mágica para ayudar a cruzar el Sinaí (las crisis dan problemas a
unos y reportan beneficios a otros).
Desgraciadamente, a pesar de que algunos autores estén comercializando
muchos libros sobre la crisis ("el papel lo aguanta todo"...), de
todos modos ninguno llegará a la altura de John Kenneth Galbraith cuyas obras
de temática económica han gozado siempre de notoriedad en las listas de best-sellers.
En este sentido, me gustaría reseñar (como lectura casi obligatoria para los
que sientan curiosidad por ampliar sus conocimientos sobre el mundo de la Economía y las Finanzas),
dos de sus 33 libros: por un lado, Breve historia de la euforia financiera,
donde en sólo 140 páginas revisa las crisis más relevantes acontecidas desde la
llamada tulipamanía (siglo XVII) hasta el crack de 1987 y, por otro, La
sociedad opulenta (1958), que fue considerada en 1999 por un jurado de la Modern Library,
como la obra número 46 de los 100 mejores libros en inglés del siglo XX de
género "no ficción".
Su éxito no se debe a que aporte soluciones infalibles, sino al planteamiento
divulgativo de sus exposiciones (por lo que recibió tanto duras críticas
por parte de otros compañeros economistas, como alabanzas por parte de los
lectores); si bien, haciendo honor a la verdad, entre su bibliografía también
tuvo algún crack editorial...
Recuerdo ahora que, hace años, el que suscribe, para entretener una espera
habitual en el aeropuerto John F. Kennedy, se dirigió al punto de venta de
publicaciones y, allí, pregunté si se vendían muchos ejemplares del libro de
Galbraith, The Great Crash, 1929. Con tono airado, me interrumpió la
dueña para decirme: "¿Cómo quiere que se venda mucho un libro que se
titula el gran derrumbe...?"
Economistas como herramientas
Los economistas, tal como consideraba Lord John Maynard Keynes, somos, o intentamos
ser, técnicos útiles a la sociedad "a la manera de los dentistas".
Es decir, prescribimos recetas y consejos gracias a los que se corregirían
dolencias tales como el desempleo o la inflación. Pero, a veces, puede suceder
que el tratamiento no sea el adecuado, que no se administre de forma correcta o
que el enfermo no reaccione como se esperaba?
En realidad, lo que ha reafirmado la actual crisis, tan aguda y extendida,
es que debemos aceptar que no existen fórmulas magistrales y que aun
cuando se haya leído una y mil veces la Teoría General de
Keynes, no se halla allí la purga de Benito tan esperada.
Por eso, para finalizar, me atrevo a dar un sólo consejo universal, tomando
prestada una frase atribuida a Albert Einstein: "La verdadera crisis es la
crisis de la incompetencia. Trabajemos duro para acabar de una vez con la única
crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla."
Fabián Estapé Rodríguez. Economista.
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Comentario:
Si Glabraith era un gran divulgador y vendedor de libros.....aunque muchos le penalizan falta de demostracion de sus teorias..
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