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martes 24 de enero de 2012

Elogio de un liberal virtuoso, de Antoni Puigverd en La Vanguardia


En el invierno del 2001 visité Santander para presentar un libro: Sol de sal, la nueva poesía catalana, una antología que, en versión bilingüe, había publicado la editorial DVD. Me acompañaban Jordi Virallonga, el antólogo, y el poeta David Castillo. En la bella ciudad cántabra nos esperaban, amabilísimos y deferentes, algunos poetas locales, Carlos Alcorta, Rafael Fombellida y J. A. González Fuentes. Con ellos intercambiamos versos y visiones estéticas, aunque la lírica acabó dejando paso a la prosa y, sin perder la compostura, pero con franca sinceridad, nos embrancamos en una discusión sobre un tema interminable: las (malas) relaciones entre catalanes y españoles. Los anfitriones nos acompañaron después a un estudio radiofónico, desde cuyos micrófonos yo diserté sobre el puente cultural entre las culturas castellana y catalana, tan frágil como imprescindible, y David Castillo recitó el más oscuro de sus poemas: “…sueño e insomnio negro,/ negro como una noche negra sin ti,/ negro como un adoquín negro,/ negro como un negro negro…”.
Media hora después, estábamos en la librería Universitaria para presentar la antología. Sólo un par de santanderinos se acercaron a escucharnos. Uno de ellos era José María Lassalle, al que Mariano Rajoy acaba de nombrar secretario de Estado de Cultura. Nacido en 1966, Lassalle era entonces un joven educadísimo, extremadamente atento. Las gafas de empollón ampliaban sus ojos reforzando la impresión de que nada le importaba más en el mundo que la conversación que manteníamos. Me impresionó el conocimiento que tenía de la cultura escrita en catalán, que él mismo atribuyó a su amistad con el escritor mallorquín Valentí Puig, de quien citaba versos y ensayos. Cerró la librería y seguimos hablando en la calle un buen rato. Quise pellizcarme: el día anterior había oído por la radio, mientras me duchaba en mi casa de Girona, la típica frase blasfemando contra las pretensiones lingüísticas catalanas por parte de algún miembro radical del PP o de algún tertuliano madrileño, de los de garrote y tentetieso; y un día más tarde escuchaba en una calle de la norteña ciudad de Santander a un joven militante del PP, profesor de filosofía del derecho, defendiendo, con espíritu deliciosamente liberal, el valor de la diversidad cultural española. Dicen que la excepción confirma la regla. El hecho es que la regla de la españolidad triunfante consiste en abanderar con orgullo el desprecio de la diferencia.
No he vuelto a ver a José María Lassalle en todos estos años. Pero he seguido con gran interés su carrera. Lleva el pelo más largo y una barba minimalista, de incipientes canas. Las gafas siguen reforzando su mirada, atenta y sagaz. Dejó la universidad de Santander, desembarcó en la Carlos III de Madrid, ha trabajado en distintas fundaciones desarrollando el discurso liberal, ha publicado artículos en ABC y El País.A finales del 2010 publicó un libro sensacional: Liberales, compromiso cívico con la virtud (Debate). Mezclando el ensayo con el estudio histórico, Lassalle desarrolla la tesis de que el neoliberalismo actual es una enfermedad que entroniza la ideología del mercado por encima del bien común y que, por lo tanto, se sitúa en los antípodas del liberalismo original.
Sostiene Lassalle que el liberalismo nació en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII como respuesta a la intolerancia y al despotismo. En el origen del liberalismo está el puritanismo religioso que defiende el derecho a la diferencia y se opone a la tentación de un absolutismo a la francesa. Los primeros liberales defendieron al unísono la virtud de la responsabilidad personal, la libertad individual y la propiedad privada, que percibían como única seguridad del débil ante la arrogancia y los abusos del poder
En las páginas de su libro abundan los gigantes. 
John Locke, por ejemplo, que propugnaba un individualismo socialmente virtuoso y una propiedad fuente de bienestar personal pero también de compromiso cívico (la prosperidad personal y la responsabilidad colectiva son indisociables, decía: la cooperación es imprescindible, sin ella no hay libertad ni prosperidad)
Otro gigante es Adam Smith, padre del mercado, que defiende la intervención del Estado ante el deseo corrupto de los empresarios que pretenden gobernar la humanidad. Sí, han leído bien: para salvaguardar el bien común, Adam Smith defiende la intervención del Estado en el mercado.
Sostiene Lassalle, el intelectual más próximo a Rajoy, que, siguiendo a los virtuosos padres fundadores del liberalismo y en lugar de fiarlo todo, como hace la izquierda, al cambio de estructuras, es necesario un rearme moral de las instituciones. No sé si lo conseguirá. De momento, puedo asegurar por experiencia propia que Lassalle ha practicado con creces la virtud del respeto a la diferencia.