Cuando el pasado mes de enero el Banco de España presentó sus proyecciones para la economía española, el aspecto más publicitado fue la previsión de caída del PIB para el presente año en un 1,5%, cifra algo inferior al 1,7% que auguraba el FMI y que ha hecho suya el Gobierno español en su reciente cuadro macroeconómico para el 2012. Pero el aluvión mediático y político generado por el famoso 5,8% de ratio entre déficit y PIB de este último documento no debería dejar del todo desapercibido otro importante ingrediente de esta oleada reciente de previsiones: el referido a las cuentas exteriores.
El escenario macroeconómico presentado en la Moncloa se atreve a plantear para el 2012 que la necesidad de financiación exterior de la economía española se sitúe en un modesto 0,7% del PIB, una cifra mínima en comparación con los niveles de en torno al 10% en que llegó a ubicarse en la época en que se decía que “España va bien”…y el FMI nos informaba de estar aupados al segundo lugar en el ranking mundial de apelación al ahorro extranjero. El Banco de España sólo se había atrevido a pronosticar en el 2012 una dependencia del ahorro exterior del 1,4% del PIB pero avanzaba que para el 2013 esa necesidad de apelar a la financiación exterior se habría reducido a cero. Déficit exterior cero para el 2013: ese es (sería, de confirmarse) el aspecto que las urgencias de las cuentas públicas han eclipsado.
Deberemos discutir en qué medida podría contribuir a ello la importante anemia de la demanda interna y en qué cuantía el dinamismo exportador, la única fuente de buenas noticias en los últimos tiempos para la economía nacional, el activo crucial que por ello merece ser potenciado. Pero esa trayectoria, de consolidarse, merece especial atención.
Por un lado, porque debemos recordar que tras la crisis asiática de 1997, también asociada a importantes déficits exteriores que reflejaban entradas de recursos abundantes y baratos que en buena medida se difuminaron en utilizaciones de baja o dudosa productividad real –¿les suena la historia?–, la recuperación de esas economías se debió, entre otras razones, a aprender las duras lecciones de lo que significa una dependencia excesiva del ahorro exterior y, por tanto, la mayoría de esos países han cuidado desde entonces la asignatura del ahorro interno. Y no les ha ido mal.
Y por otra parte porque si nuestras cuentas con el resto del mundo se equilibran –aunque quedan deudas acumuladas que habrá que gestionar y no será fácil, especialmente si continúan las insensateces en diversos lugares (y no sólo Atenas) de Europa–, pasa aún más a primer plano cómo el ahorro nacional financia la inversión local, con aspectos tan delicados cómo: a) el trade off entre sector público (a todos los niveles de administraciones) y sector privado; b) el papel lamentablemente olvidado del sistema financiero como canalizador del ahorro a la inversión realmente productiva.
Juan Tugores Ques. Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona
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