¿Dónde queda Europa?, de Michael J. Boskin
Ante la probabilidad de un contagio de implosión de la deuda soberana y la reducción en gran medida de la posibilidad de quiebras bancarias gracias al acuerdo sobre la deuda griega y el programa de crédito del Banco Central Europeo, es tiempo de mirar hacia adelante. ¿Cuál es la dirección que seguirán la Unión Europea, la eurozona y los países de la UE fuertemente endeudados? ¿Logrará Europa reducir los más grandes excesos de sus Estados de bienestar sin que los problemas económicos y el descontento social desestabilicen los gobiernos, y en los países periféricos socaven los acuerdos de por sí frágiles con los acreedores?
Algunas buenas noticias en el mundo tendrán un impacto en la forma de resolver estos asuntos. La economía de los Estados Unidos está reactivándose gradualmente, aunque lentamente con respecto de los estándares de recuperación de una fuerte recesión. China, Brasil y la India no se han desvinculado de sus consumidores en Europa y América del Norte, y por ende están ralentizando, aunque es probable que no resulten demasiado afectadas si la recesión en Europa es moderada y dura poco, como se ha pronosticado.
La producción económica y la población de la Unión Europea son más grandes que en los Estados Unidos, por lo que la suerte de los 27 países de la UE es un asunto que nos concierne a todos, ya sea en Nueva York, Nueva Delhi, Sao Paulo o Shanghai. Originalmente conformada como un área de libre comercio, la eurozona se compone de 17 países. Unir a 17 economías, culturas e instituciones dispares fue un proyecto monumental de enorme riesgo.
En el Tratado de Lisboa se hace hincapié en la unanimidad para tomar las decisiones. Dado que algunos miembros están en la eurozona, pero otros no, y con intereses económicos y costumbres fiscales y monetarias dispares, incluso dentro de la eurozona, es difícil lograr acuerdos. Lo anterior prepara el terreno para tres escenarios generales, cada uno tiene implicaciones para la economía global y la europea, el sistema bancario y financiero, y las relaciones entre los Estados miembros y las instituciones de la UE.
--En el primer escenario, surgirá una Europa más unida y más homogénea de la crisis e impondrá mayores restricciones a los presupuestos de los Estados miembros para reducir el riesgo aparente. Acompañado de una eurozona amplia y fuerte, sigue existiendo el riesgo de una crisis monetaria a futuro.
---En el segundo escenario, una Europa de dos o tres niveles incluye un euro de dos niveles en donde los países más frágiles usan el ‘euro B’, que puede flotar respecto al ‘euro A’ de las economías más sólidas. Este acuerdo prometería a las economías con dificultades fiscales que si se ponen al corriente podrían volver a usar el euro A, y más fácilmente que si lo hicieran a partir de su propia moneda.
En el último escenario, surge una Europa más descentralizada con acuerdos menos verticales en áreas que van más allá del comercio, y una eurozona más homogénea compuesta de las principales economías de la UE. Este tipo de diseño sería más popular entre los ciudadanos que están a disgusto con la acumulación de poder de la UE en Bruselas y la pérdida de soberanía tradicional. Algunos miembros actuales del euro -Grecia (y tal vez otros)- regresarían a sus monedas nacionales.
Ninguna de estas opciones es fácil; cada una conlleva serias dificultades y grandes riesgos. Lo más que se puede esperar son soluciones pasajeras. Por ejemplo, ¿cómo abandonaría Grecia (o cualquier otro país) el euro a fin de amortiguar el extremo ajuste salarial a la baja necesario para recuperar la competitividad, y para evitar el fuerte descontento social que podría resultar por controlar muy rápidamente la deuda? Tan pronto se supiera que Grecia estaba considerando una medida como esa -mucho antes de que pudiera emitir un nuevo dracma- habría una fuga de depósitos en euros de los bancos griegos.
En consecuencia, Grecia estaría obligada a imponer controles de capital. Algunos contratos denominados en euros estarían sujetos a la normativa griega, algunos a las leyes europeas, y otros -por ejemplo, los contratos de derivados- a las británicas o a las estadounidenses. En consecuencia, se generaría un caos. Con todo, aferrarse al euro y hacer que todos los ajustes recaigan en los salarios conlleva el riesgo de un mayor descontento; de hecho, no haría más que posponer lo inevitable.
Directrices fiscales
Los gobiernos y el mercado de bonos pondrán a prueba la seriedad de las nuevas directrices fiscales acordadas (si se ratifican). Si bien las negociaciones ahora son estrictas, la historia de dichos acuerdos no inspira optimismo. Antes de la crisis financiera, incluso Alemania violó el techo de déficit del Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE. En los EEUU, los límites de déficit establecidos por la Ley Gramm-Rudman-Hollings no se cumplieron, y como el PEC, se revisaron y ampliaron. Los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional y el acceso a los nuevos fondos de rescate de Europa ofrecen restricciones (blandas).
Independientemente de cómo se resuelvan, o se salga del paso de estas cuestiones fiscales y de gobernanza, los bancos europeos siguen siendo un asunto espinoso. El tiempo que se ha ganado con los créditos asequibles a tres años del BCE, les ha ofrecido un margen para reconstituir su capital y sanear sus hojas de balance. Sin embargo, mientras lo hacen, es improbable que amplíen el crédito al sector privado para apoyar el crecimiento económico. Los bancos europeos tienen un capital más reducido y tienen una participación mucho mayor en la expansión del crédito; en los Estados Unidos en cambio, la mayor parte de los créditos se originan en los mercados de capital.
La mayoría de los bancos estadounidenses -con la excepción de Citi- pasaron recientemente las pruebas de estrés de la Reserva Federal estadounidense, con suficiente capital como para resistir una hipotética fuerte recesión (con un 13% de desempleo, una caída adicional de 21% en los precios de las viviendas, y un descenso del 50% en el mercado de valores). Las pruebas de estrés de Europa han tenido resultados mucho menos resistentes. Serán necesarios una especie de bonos Brady para reducir y extender deuda soberana excesiva.
No hay que descartar más agitaciones en Europa -los bancos, la deuda soberana y el descontento social- como respuesta a incluso modestas reducciones del Estado de bienestar, y visiones encontradas entre países y al interior de ellos relativo a la conveniencia de una mayor integración europea. Europa ha avanzado mucho desde que sus líderes profetizaban que el euro pronto competiría con el dólar como divisa de reserva mundial.
Con todo, nadie debe descartar a Europa. Sigue teniendo grandes fortalezas y, con reformas inteligentes, la UE puede sobrevivir y en última instancia regresar a una mayor prosperidad y estabilidad. Sin embargo, Europa está más cerca del principio de ese proceso de renovación que de la meta.
Michael J. Boskin, es profesor de Economía en la Universidad de Stanford y Senior Fellow de la Hoover Institution. Él fue presidente del Consejo de George HW Bush de Asesores Económicos de 1989 a 93, y se dirigió hacia la llamada Comisión Boskin, un órgano consultivo que el Congreso puso de relieve los errores en las estimaciones oficiales de inflación en Estados Unidos.
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"La zona dólar en EEUU..el gobierno federal
interviene para redistribuir los recursos entre los Estados. Y esta
redistribución que transfiere fondos federales de los Estados más ricos a los
más pobres es muy sustancial, muy superior a la existente en la Eurozona (donde
no existe una estructura federal) y también superior a la existente dentro del
Estado español.
Así, de cada dólar
que New Mexico aporta al gobierno federal, éste le transfiere 2,03 dólares. Lo
mismo ocurre en el resto de los Estados más empobrecidos. Por cada dólar que
aportado al gobierno Federal, Mississipi recibe 2,02 dólares, Luisiana 1,78
dólares, West Virginia 1,76 dólares, North Dakota 1,68 dólares, Kentucky y
Virginia 1,51 dólares y Montana 1,47 dólares.
Por el contrario,
los Estados más ricos reciben del Estado federal menos de lo que aportan. Por
cada dólar que New York paga al gobierno federal, recibe 79 céntimos. Un tanto
semejante ocurre con California 0.78 dólares, Colorado 0,81 dólares,
Connecticut 0,69 dólares, New Jersey 0,61 dólares, Nevada 0,65 dólares, y así
un largo número de Estados. Es más, el Federal Reserve Board (el banco central
estadounidense) tiene como objetivo no sólo controlar la inflación, sino
también estimular la economía y el crecimiento económico, lo cual explica que
la economía estadounidense se esté recuperando mucho más rápidamente que la
europea. Por cierto, el gobierno federal representa el 19% del PIB, mientras
que el gobierno europeo, la Comisión Europea, tiene un presupuesto que
representa sólo el 1,23% del PIB de la Eurozona.
Estos factores
contribuyen a que las diferencias de desempleo entre Estados sean mucho menores
en EEUU (Nevada 12,7%, el más bajo North Dakota 3,2%) que en la Eurozona (en
febrero de 2012, España 22,9%, Holanda 4,9%).
El gobierno federal
de EEUU estimula el crecimiento económico y la creación de empleo a través de
distintas intervenciones públicas que van desde las políticas del Banco Central
(el Federal Reserve Board) a las políticas redistributivas que favorecen la
demanda agregada que estimula economía. Ninguna de estas políticas existe en la
Eurozona. De ahí su estancamiento. Y ahí están los datos que lo muestran
claramente. Ignorar tales datos y enfatizar las políticas de austeridad es un
profundo error.
Dos últimas notas.
Una es que esta situación se sustenta en EEUU, en parte, en una mayor movilidad
territorial, principalmente laboral, relacionada, en parte, con el hecho que el
porcentaje de la población que vive en alquiler es mucho más elevada en EEUU
que en los países de la Eurozona" V.Navarro
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