La 'Gran Regresión'
¿Debemos creer en el progreso? Algunos creen en él; otros, no, sin duda porque el concepto está mal definido. La referencia en esta cuestión es el filósofo británico Karl Popper, quien observaba que el concepto de progreso debía limitarse a la ciencia. Solo la ciencia –escribía– progresa. Por el contrario, añadía Popper, el arte no progresa, ni tampoco la moral. Sin embargo, a largo plazo, la humanidad en general vive cada vez mejor, a pesar de las guerras, los trastornos climáticos y las epidemias recurrentes. Si adoptamos una perspectiva global y a largo plazo, la flecha del tiempo parece favorecer la mejora de la condición humana. Con 'condición humana' me refiero a una evaluación objetiva del bienestar y la esperanza de vida. Cuando hablamos de la naturaleza humana, la historia es distinta: esta permanece inmutable, siendo a la vez buena y mala desde sus orígenes. Si hay progreso, aunque sea relativo y a largo plazo, los tiempos actuales no parecen favorables. Más bien hemos entrado en una 'Gran Regresión'.
La ciencia se ve sacudida por ideologías místicas, y las controversias en torno a la vacunación constituyen el peor ejemplo de ello. La vacunación y la higiene son los dos factores que más han mejorado nuestra salud y esperanza de vida. Y sin embargo, tal vez porque estos avances científicos y médicos son hechos comprobados, algunos los cuestionan. Esta regresión anticientífica y antivacunas se centra hoy, paradójicamente, en Estados Unidos, en torno al secretario de Sanidad, Robert Kennedy Jr., que se ha propuesto desacreditar la vacunación, aun a riesgo de provocar epidemias de enfermedades que ya habían sido erradicadas, como el sarampión o la poliomielitis. No nos detendremos a analizar la locura de este fanático (apoyado por Trump), pero hay que reconocer que está ganando adeptos. Lamentablemente, sus declaraciones podrían desencadenar epidemias en Estados Unidos y en el resto del mundo.
Si el progreso de la ciencia está amenazado, la situación es aún peor en el ámbito del derecho, empezando por el derecho internacional. En 1945, con la creación de las Naciones Unidas, se acordó que una serie de principios serían universales, en particular el respeto de las fronteras, aunque fueran herencia de la colonización. También aquí se observa un retroceso: este fundamento del orden internacional se ve cuestionado en África, por supuesto, donde Sudán se dividió en dos antes de dividirse en tres. Lo mismo ocurre en Libia y Somalia, cuyas fronteras se han vuelto imposibles de trazar, y en los países del Sahel, donde los piratas yihadistas circulan libremente sin preocuparse por las fronteras. El 'Gran Retroceso' del difunto derecho internacional y del poder de la ONU es más evidente en Ucrania desde que Vladímir Putin se embarcó en la reconquista de lo que fue la Unión Soviética.
Como un ave de rapiña, acecha los territorios vecinos y solo se detendrá si se le detiene, por la fuerza, no mediante negociaciones, que le traen sin cuidado. El orden internacional también se ve violado por el uso de armas químicas, prohibidas en principio por un tratado internacional, pero de las que se han encontrado rastros recientemente en Siria. La prohibición de las armas nucleares ya no parece intangible: no se puede descartar que Corea del Norte las utilice, que Irán aspire a usarlas y que Rusia, con su fuerza para amenazarnos, recurra a ellas en lugar de reconocer sus fracasos militares.
Si bien es evidente que el orden internacional está retrocediendo, ¿la sociedad civil está mejorando? Hasta hace pocos años, en Europa estábamos convencidos de que el desarrollo económico y la distribución de los bienes públicos permitían crear una clase media lo suficientemente próspera como para adherirse a la economía de mercado y la democracia liberal. Sin embargo, esta clase media se está fragmentando entre una base cada vez menos educada y más pobre y una cima inaccesible, a la que llamamos 'los superricos'. Me parece que la principal amenaza para la democracia liberal proviene hoy en día de estos superricos, no por su número, sino por su visibilidad y la forma en que abusan de su poder financiero. Muestran un desprecio total por las leyes de los Estados y se abstienen de pagar impuestos. El poder de estos superricos y de las empresas que dirigen los sitúa en las altas esferas, al margen de cualquier intervención pública. Su comportamiento deja entrever una nueva sociedad en la que los votantes no serían más que peones, mientras que los superricos comprarían obras de arte por valor de 500 millones de euros y, además, recibirían la adoración de los medios de comunicación que controlan y de los políticos a los que manipulan.
¡Basta ya de recriminaciones y pesimismo! ¿No se vislumbran algunos signos alentadores? Sí. Cabe destacar que la democracia liberal está avanzando –algo de lo que no se habla lo suficiente– en Iberoamérica. La alternancia entre partidos sustituye a las guerras civiles y los golpes de Estado de antaño. Bolivia es un buen ejemplo de ello, y pronto lo será Chile, donde el poder cambiará de manos. Esta alternancia política, bien aceptada por los pueblos, es una clara manifestación de lo que podemos llamar 'progreso'. Del mismo modo, contra la violación de las fronteras, las naciones democráticas se organizan, como lo demuestra el apoyo de la Unión Europea a Ucrania o el de Japón a Corea del Sur y Taiwán. Los propios superricos se ven ahora contrarrestados por la UE, que impone por primera vez a las empresas globalizadas normas e impuestos que nunca habían respetado. Si el progreso científico, pero también económico y político, debe continuar, es en Europa donde se decide todo. Europa es la cuna de la democracia liberal y de la economía de mercado, a las que se han sumado los Estados Unidos. Los primeros economistas y filósofos que dieron forma a la sociedad liberal en la que vivimos eran y se sentían europeos. Por lo tanto, no es casualidad que Europa, a veces sacudida por violentos dictadores, recupere su vocación inicial de corazón de la filosofía liberal.
Paradójicamente, la invasión de Ucrania habrá despertado a Europa, que hoy es el único lugar de progreso capaz de restaurar un orden jurídico internacional estable y, sobre todo, una moral. Sin moral no puede haber paz ni progreso. Se me objetará el aforismo de Karl Popper, para quien la moral no progresa. Pero no necesita progresar: sabemos lo que es. Es moral lo que es verdadero y justo. Apoyada en sus fundamentos, que se remontan a Atenas y Jerusalén, basta con que Europa sea fiel a sí misma. Así seguirá siendo el modelo de civilización al que aspiran los pueblos, en particular los que están amordazados. Pienso en los disidentes democráticos chinos y rusos, para quienes la Unión Europea representa una esperanza. Pienso también en mis vecinos de Estados Unidos, donde resido estos días, que esperan que Europa restaure el sentido común. Nota de esperanza: los dirigentes europeos en su conjunto me parecen decididos a invertir la 'Gran Regresión'.
Guy Sorman
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