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domingo, 29 de marzo de 2026

El fin de la primacía geoecónomica A.Palacio

El fin de la primacía geoecónomica A.Palacio

Desde el final de la Guerra Fría hasta la caída de Lehman Brothers se asentó la idea de la economía como principio rector sobresaliente del sistema internacional. La facilitación del comercio, la integración financiera y la mayor interdependencia semejaban haber apartado de la primera línea de gestión las muestras más desbocadas del poder. La geopolítica no desaparecía, pero se manifestaba pespunteando la geoeconomía. Ahora, esa jerarquía se ha invertido; la economía no organiza el mundo, nadie lo pretende. Vuelve a ser el mundo el que condiciona la economía.

La sucesión de crisis vividas en los años recientes -pandemia, invasión rusa de Ucrania, desaguisado del Golfo y su corolario de disrupción en arterias esenciales del comercio- no revela una simple acumulación de episodios. Da cuenta de una mutación: el regreso de la geopolítica como factor determinante de las relaciones económicas internacionales. No asistimos al ocaso de la globalización, sino al agotamiento de su capacidad de reflejar el (des)orden imperante.

En ese mundo de ayer, se impuso una proposición implícita que se estimaba avalada por la experiencia: que la interdependencia económica reduciría los riesgos estratégicos. La secuencia quedaba trabada; la paz auspiciaba prosperidad, la prosperidad estimulaba el intercambio al amparo de instituciones y reglas, el comercio generaba interdependencia y esa interdependencia desincentivaba la confrontación. Sobre esta lógica se basó la globalización actual y, con ella, la expansión financiera que la acompañó.

Ese planteamiento encontró su formulación doctrinal más acabada en el llamado "Consenso de Washington", que dominó el pensamiento del Banco Mundial a comienzos del siglo -telón de fondo de mi ejercicio como General Counsel del grupo-: una cierta disciplina macroeconómica, apertura comercial, liberalización financiera y acceso a los mercados globales abonaban la vía hacia el crecimiento que, a su vez, reforzaría la consistencia político-administrativa. Ese paradigma, mal que bien, funcionó porque descansaba sobre la previsibilidad del marco internacional y sobre circunstancias estratégicas que lo hacían posible. Lejos de ser una quimera -como a toro pasado escuchamos-, fue señal de una etapa histórica concreta.

Lo que se ha alterado no es la validez de esos mecanismos económicos en sí mismos, sino el ámbito en el que operan. La globalización no se ha extinguido, pero ya no vertebra el sistema internacional. Es la geopolítica la que vuelve a conformar las dinámicas económicas. Conceptos como autonomía estratégica, seguridad económica, control de tecnologías críticas o reconfiguración de cadenas de suministro no denotan una moda terminológica. Por el contrario, expresan un reajuste histórico; mudamos de un mundo obsesionado con la eficiencia a otro fundamentalmente preocupado por la aptitud para resistir perturbaciones.

Las consecuencias de esta modificación se perciben con especial nitidez fuera de las economías punteras. Los países ricos pueden amortiguar shocks energéticos o comerciales, aunque el precio aumente. Las economías en desarrollo carecen de esa holgura de maniobra. Y estas sacudidas no solo las expulsan de competir, sino que se traducen en fertilizantes inasequibles, alimentos más escasos, desequilibrios fiscales y sombras de conflicto social. Lo que en los mercados internacionales se califica como volatilidad, para comunidades frágiles significa una amenaza directa a su cohesión.

En el pasado, se dio por descontado que la arquitectura económica podía asentarse en la firmeza de los bienes públicos globales. La libertad de navegación, la seguridad de las rutas comerciales, la marcha del sistema monetario, la cooperación sanitaria o la perentoriedad de una transición energética no eran espontáneas. Eran el resultado de un entramado institucional respaldado por ecuaciones de poder y por la voluntad política de preservar despejado el espacio económico.

Sobre ese cimiento se fraguó la globalización financiera, que pudo generalizarse -como si la estabilidad fuera un dato estructural y no una construcción política sujeta a incertidumbres- porque Estados Unidos desempeñó el papel de garante último. No por altruismo, sino por cálculo estratégico: su propio beneficio dependía de un mundo expedito y predecible.

Así, no se produce el colapso del sistema. Las normas siguen existiendo, pero su incidencia en el ordenamiento de la realidad obedece cada vez más a la rivalidad entre potencias. En este nuevo contexto, las finanzas ya no pueden actuar al margen de la geopolítica. Deben asumir que la impredecibilidad estratégica reintegra el paisaje, lo que tiene implicaciones de calado. Los mercados se habían acostumbrado a premiar la optimización, la contención de costes y la multiplicidad de cadenas de valor. Hoy empiezan a apreciar otra cualidad: la disposición para absorber choques. La resiliencia pierde su naturaleza técnica para erigirse en baremo económico central. No es un cambio léxico. Es un cambio de época.

Desde la perspectiva empresarial, este desplazamiento requiere también revisar la noción de riesgo. Durante décadas, la gerencia corporativa se diseñó sobre modelos que incorporaban volatilidades financieras, regulatorias o de mercado, mientras que las grandes quiebras geopolíticas quedaban excluidas en la categoría de fuerza mayor -Act of God-, es decir, fuera del perímetro de la planificación.

Ese enfoque ha dejado de ser sostenible. La fragmentación del mallado internacional, la weaponization del comercio, las sanciones, las dependencias económicas o la disrupción deliberada de redes logísticas obligan a incluir estos elementos en el núcleo de la estrategia empresarial. Lo que antes era contingencia excepcional ahora forma parte de lo ordinario. La geopolítica, de ser mero entorno, deviene variable a evaluar. El peligro es que los sistemas financieros continúen reaccionando con retraso, orillando los riesgos estratégicos hasta sobrerreaccionar cuando la crisis estalla. Ese comportamiento amplifica la fragilidad precisamente en las lindes: en los países menos dotados, donde los trastornos económicos evolucionan con rapidez en tensiones sociales y políticas.

La enseñanza es clara. Las finanzas no pueden sustituir a la diplomacia ni impedir los conflictos. Pero sí pueden contribuir a evitar que las crisis geopolíticas se metamorfoseen automáticamente en alimentarias, económicas y/o sociales en las regiones más expuestas. Eso ya constituiría una aportación decisiva al equilibrio internacional. Dimos por hecho que la interdependencia domesticaría las manifestaciones extremas del poder desnudo. Hoy comprobamos que también es susceptible de ser utilizada como medio de presión. No se trata de renunciar a la apertura, sino de asumir que ésta, sin capacidad de resistencia, genera vulnerabilidad y que la interdependencia, lejos de eliminar la lógica de poder, puede convertirse en uno de sus instrumentos más eficaces.

La verdadera cuestión es, por tanto, la adaptación de las finanzas a un mundo en el que la estabilidad ya no es punto de partida, sino un bien escaso que hay que construir y proteger. En este contexto, la resiliencia pasa de preferencia técnica a exigencia estructural. Es la nueva condición de la racionalidad económica

https://www.elmundo.es/internacional/2026/03/28/69c56192fc6c83366a8b45a0.html



Dos ángulos adicionales de reflexión:

- la geoestrategia vuelve a ser la gran excusa para el más rancio intervenciómnismo proteccionista, y - ¿se demuestra (pero aún no se asume) el suicidio que ha cometido Europa con el Pacto Verde?

Una visión desde las finanzas de este nuevo mundo de la resiliencia frente a la eficiencia (que se empezó a forjar cuando la OMC no “convirtió” China)

Este lunes se publicó su carta anual. En ella asegura que el mundo se está moviendo hacia una fase en la que cada país o región tendrá que pensar en su propia autosuficiencia. ¿Esto quiere decir que la globalización, tal y como la entendemos, ha terminado?
R. La globalización se articuló, en su mayor parte, en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos ayudaba a otros países a reconstruirse tras la devastación de la guerra. Y se establecieron tratados comerciales asimétricos por los que los estadounidenses tenían que pagar aranceles, mientras que sus socios disfrutaban de libre acceso a su mercado. Ese marco fue fantástico porque trajo prosperidad a millones de personas en todo el mundo, pero ¿tiene sentido que la globalización siga funcionando igual que hace 50 años? La respuesta es no. Esos países a los que Estados Unidos ayudó ahora son más fuertes y es el momento de volver hacia un tipo de relaciones comerciales más simétricas. Lo hemos globalizado todo: chips, minerales raros, defensa… ¿No sería, pues, oportuno que Europa, que forma parte de la OTAN, invirtiera realmente dinero en construir su defensa, tal y como se comprometió a hacer cuando se creó esta organización, algo que aún no ha hecho? Yo lo veo simplemente como un reajuste, y no lo considero ni positivo ni negativo, sino una declaración de dónde se encuentra el mundo y dónde se encuentra la sociedad.
Qué consecuencias económicas tendría esa autonomía que según usted debe perseguir cada país?
R. La autodependencia es más cara que la globalización. El objetivo de esta última es obtener los productos allí donde son más baratos de fabricar. Sin embargo, eso nos hizo excesivamente dependientes de terceros países en temas como la fabricación de chips, la obtención de tierras raras… Quizás ahora es el momento de que Estados Unidos o Europa fabriquen sus propios semiconductores y no dependan solo de un único proveedor de minerales críticos. Eso es a lo que llamo un proceso de calibración, de reequilibrio, pero no significa que la globalización esté muerta, sino que está en constante evolución para adaptarse a las nuevas necesidades. La autosuficiencia en cuestiones como la propia seguridad y la inteligencia artificial (IA) es más cara, pero con el tiempo será deflacionaria si cada país puede proveerse a sí mismo de sus principales necesidades.
En España la gestora estadounidense tiene invertidos 94.000 millones de euros (59.000 millones en acciones, 20.000 millones en deuda pública, 12.000 millones en préstamos corporativos y 3.000 millones en activos no cotizados).
El boom del crédito privado está muy relacionado con la llamada banca en la sombra. ¿Cree que habría que aumentar la supervisión sobre estos nuevos prestamistas?
R. Creo que una de las razones por las que Europa no crece al ritmo de Estados Unidos es por este tipo de preocupaciones. ¿Quién se ha inventado esa expresión peyorativa de la banca en la sombra? ¡Los banqueros! Es un término que transmite negatividad, démosle la vuelta por un momento. Tras la crisis financiera se elevaron en un 20% los requisitos de capital para los bancos, eso significaba un 20% menos de crédito para el tejido productivo. Estados Unidos se recuperó más rápido de la recesión por la fortaleza de su mercado de capitales, pero a Europa le costó cinco años o más porque el temor era a la llamada banca en la sombra. BlackRock está completamente supervisado por el supervisor del mercado, decir que no lo está es totalmente falso. Lo que pasa es que no nos supervisan los bancos centrales porque no somos un banco, no damos depósitos. Pero si todo el mundo cree que debería haber más regulación en algunos segmentos no me opongo a ello. Como la gestora de activos más grande del mundo, queremos que todo el mundo se sienta seguro y protegido. Somos los principales beneficiarios de un mundo seguro. Por eso nunca nos hemos opuesto a la regulación. Pero la idea de que el mercado de capitales no está regulado es una gran mentira.
este año, en mi carta, he subrayado la necesidad de invertir más en energía solar. Es verdad que yo personalmente ya no uso el término ESG porque se ha politizado, pero hablo de la tecnología de la descarbonización. Debemos ser más pragmáticos en cuanto a las diferentes fuentes de energía. Antes hablábamos del aumento de la desigualdad, y uno de los factores que contribuye a la desigualdad es el encarecimiento de la energía para la parte de la población con menos recursos. Nos hemos centrado demasiado en las energías verdes y eso conlleva una prima verde que la tecnología aún no ha sido capaz de solucionar. La descarbonización ha supuesto un impuesto para todos por igual. Hace falta más pragmatismo energético, no depender solo de un tipo de energía, sobre todo en un momento en el que la IA va a disparar la demanda. Dicho esto, BlackRock tiene hoy tantas inversiones en descarbonización como las que teníamos hace tres años. Así que mi lenguaje ha cambiado, porque ya no hablo de ESG, pero nuestros patrones de inversión no.
Las diferencias notables en el nivel de vida están causadas por un tipo de economía que ha favorecido, apunta Fink, que la gran mayoría de la riqueza haya ido a parar a manos de quienes poseían activos, y no a las retribuciones laborales. La creciente distancia entre los recursos que proporcionan las rentas y los que provee el trabajo está en el centro de nuestros problemas. Y todavía será peor en los próximos años, ya que "la IA amenaza con repetir este patrón a una escala aún mayor, concentrando la riqueza en manos de las empresas e inversores mejor posicionados para captarla". La gente común percibe que esta economía no funciona para ellos. El malestar aumenta. ¿Cómo arreglar esto? Según Fink, la salida no vendrá aumentando las retribuciones del trabajo, sino favoreciendo que un mayor número de personas participen en el rentismo. Si las mayores ganancias las generan los mercados, lo idóneo sería que mucha más gente invirtiera en ellos, y así la prosperidad se extendería. El problema es que, como reconoce Fink, muchas personas no tienen dinero para invertir porque viven al día. Sería indispensable que se ayudase a los ciudadanos a que gozasen de una seguridad económica básica. ¿Cómo se consigue? Mediante aportaciones estatales para los recién nacidos de manera que puedan contar con una cantidad para invertir desde que nacen.

https://elpais.com/economia/negocios/2026-03-28/larry-fink-presidente-de-blackrock-y-el-hombre-mas-poderoso-del-mercado-si-la-guerra-en-iran-se-alarga-mas-de-un-ano-la-economia-mundial-entrara-en-recesion.html

https://www.removepaywall.com/search?url=https://elpais.com/economia/negocios/2026-03-28/larry-fink-presidente-de-blackrock-y-el-hombre-mas-poderoso-del-mercado-si-la-guerra-en-iran-se-alarga-mas-de-un-ano-la-economia-mundial-entrara-en-recesion.html

https://elpais.com/internacional/2026-02-06/draghi-for-president.html

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