Una persona se queda sola, se siente sola, o quiere estar sola
Casos de personas que mueren solas porque no tienen ni 20 amigos que van a despedirse de ella
Casos de personas que mueren solas porque no tienen ni 20 amigos que ayudán a que no tome malas decisiones
Casos de personas que quieren morir solas
Casos de personas que ya ni quieren tener amigos
Las defunciones por suicidio en España han venido experimentando un ascenso desde el año 2018 hasta el año 2022. La cifra de suicidios se incrementó en este periodo en cerca de un 20%, pasando de 3.539 en 2018 a 4.227 en 2022
- https://www.sanidad.gob.es/estadEstudios/estadisticas/estadisticas/estMinisterio/mortalidad/docs/DefunSuicidio2022-2024_NOTA__TEC.pdf
El suicidio adolescente se encuentra en las cifras más altas registradas en los últimos 25 años
- https://www.elmundo.es/espana/2025/12/01/692dfa9de4d4d864248b4581.html
- https://articulosclaves.blogspot.com/2026/03/afectado-por-el-caso-noelia.html
El verdadero conflicto no es eutanasia sí o no: es abandono sí o no. Hay algo peor que morir: morir sintiendo que sobramos
Hay escenas que una sociedad debería aprender a mirar en silencio antes de empezar a opinar. Habitaciones con persianas a medio bajar; el ruido de un respirador; una madre que ya no sabe si está cuidando o despidiéndose desde hace años; un cuerpo joven que se ha convertido en territorio de decisiones médicas, jurídicas y morales; una pregunta que nadie quiere formular en voz alta porque sabe que, cuando se formula, ya no hay respuestas limpias.
Ese es el lugar del que deberíamos partir para hablar de eutanasia. No de los platós, no de las consignas, no tanto de las aproximaciones teóricas, sino de la habitación donde alguien sufre y otros intentan decidir qué significa cuidar cuando ya no hay curación posible. Porque ese es, en el fondo, el verdadero problema: qué significa cuidar cuando ya no se puede curar. El caso de Noelia Castillo Ramos —como antes otros y como vendrán otros— debería habernos llevado a ese lugar de silencio y prudencia. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario: el dolor se ha convertido en argumento, la tragedia en bandera y la biografía concreta de una persona en material para discusiones abstractas. Cuando eso ocurre, dejamos de hablar de la persona y empezamos a hablar de nosotros mismos, de nuestras ideas, de nuestras posiciones. Eso es, moralmente, un error grave, porque hay vidas que no pueden convertirse en símbolo sin ser, de algún modo, traicionadas.
La eutanasia es uno de esos problemas que revelan si una sociedad es moralmente adulta o moralmente adolescente. Las sociedades adolescentes buscan soluciones limpias, relatos simples, culpables claros y finales tranquilizadores. Las sociedades adultas aceptan que hay conflictos morales sin solución perfecta, que hay situaciones en las que cualquier decisión deja un resto trágico, y que la ética no consiste en eliminar el conflicto, sino en habitarlo con responsabilidad. Aquí es donde la aproximación de Diego Gracia resulta especialmente valiosa. Gracia habla de una bioética mínima, no como una ética pobre o reducida, sino como una ética de mínimos compartibles en sociedades plurales; una ética que no pretende imponer una concepción completa del bien, sino evitar el mal, proteger la dignidad y garantizar la deliberación prudente en situaciones límite. Esto es muy importante entenderlo: la bioética mínima no resuelve el conflicto, pero establece las condiciones morales para enfrentarlo sin barbarie. No decide por nosotros, pero nos obliga a decidir mejor.
Cuando se habla de eutanasia en España, el debate público suele quedar enmarcado por posiciones muy definidas. En unos casos, se subraya sobre todo la autonomía individual; en otros, el riesgo de que se erosione la protección debida a la vida vulnerable. Ambas preocupaciones merecen ser escuchadas. Pero ninguna, por sí sola, agota la complejidad de un problema que pertenece al territorio de lo trágico. Porque la eutanasia no es, en la mayoría de los casos, una cuestión de libertad abstracta ni una cuestión de conspiraciones utilitaristas. Es, casi siempre, el resultado de un sufrimiento concreto, prolongado, complejo, que atraviesa al paciente, a la familia, al sistema sanitario y, me atrevo a decir, a la sociedad.
La pregunta, entonces, no debería formularse en términos ideológicos, sino en términos de cuidado: ¿Qué significa cuidar cuando no se puede curar? ¿Qué significa respetar la dignidad cuando la vida se ha convertido en sufrimiento sin horizonte? ¿Quién decide, cómo decide, con qué garantías, con qué acompañamiento? Importa la respuesta, pero importa más el modo en que se llega a ella. Aquí conviene introducir una distinción fundamental que a menudo desaparece en el debate público: no es lo mismo defender la eutanasia como modelo cultural que aceptarla como respuesta trágica en casos límite. No es lo mismo promover la muerte que aceptar que, en determinadas circunstancias extremas, prolongar la vida puede convertirse en prolongar el sufrimiento. No es lo mismo hablar de autonomía individual que hablar de decisiones tomadas en contextos de dolor, dependencia, miedo y agotamiento familiar. Las decisiones al final de la vida casi nunca son decisiones puras. Están atravesadas por la biología, por la economía, por la soledad, por la calidad de los cuidados paliativos, por el apoyo familiar, por la cultura, por la depresión, por el miedo a ser una carga, por el amor, por la culpa y por el cansancio. Es decir, son decisiones profundamente humanas y, por tanto, profundamente complejas. Por eso, cualquier debate honesto sobre eutanasia debería empezar por reconocer la multicausalidad. No hay una sola causa en estas decisiones; hay sistemas de causas: médicas, psicológicas, familiares, sociales, económicas y culturales. Reducir la eutanasia a libertad o a homicidio es intelectualmente cómodo, pero moralmente irresponsable y la realidad siempre es más incómoda que los eslóganes.
Desde la perspectiva de la salud pública —que rara vez se introduce en este debate— hay además otra cuestión fundamental: una sociedad que legaliza la eutanasia tiene la obligación moral de garantizar antes los cuidados paliativos universales, el acompañamiento psicológico, el apoyo a las familias cuidadoras y la lucha contra la soledad y el abandono. De lo contrario, la eutanasia corre el riesgo de convertirse, no en una decisión libre, sino en una salida por falta de alternativas. Esto es esencial: la libertad sin alternativas no es libertad; es desesperación organizada. Por eso el debate sobre eutanasia no puede separarse del debate sobre el sistema sanitario, sobre los cuidados paliativos, sobre la dependencia, sobre la soledad, sobre la precariedad de las familias cuidadoras y sobre el modo en que tratamos a los enfermos crónicos y a los discapacitados. Si no hablamos de todo eso, no estamos hablando de eutanasia; estamos hablando de ideología. Importa la ley, sí; pero importa mucho más el contexto en el que esa ley se aplica.
Existe además una falsa oposición que empobrece mucho el debate: la que enfrenta eutanasia y cuidados paliativos como si fueran modelos incompatibles. La realidad clínica es mucho más compleja y mucho más humilde. Los cuidados paliativos no consisten solo en controlar el dolor físico; consisten en acompañar, en sostener, en aliviar, en escuchar, en ayudar a despedirse, en cuidar también a la familia, en evitar el abandono. En ese contexto, la mayoría de las veces el sufrimiento se puede aliviar y la petición de muerte desaparece; pero hay situaciones extremas, refractarias, en las que el sufrimiento persiste a pesar de todo. Es ahí donde algunas tradiciones bioéticas contemplan la eutanasia no como alternativa a los cuidados paliativos, sino como el último recurso tras haber cuidado todo lo demás. El verdadero fracaso moral no es que alguien muera antes o después; el verdadero fracaso es que alguien muera con dolor evitable, con miedo, con sensación de ser una carga o en la más absoluta soledad. El verdadero conflicto, por tanto, no es eutanasia sí o eutanasia no. El verdadero conflicto es abandono sí o abandono no.
Volvamos entonces al caso concreto que ha reabierto el debate. Lo primero que deberíamos hacer es un ejercicio de contención moral: no sabemos todo, no conocemos la intimidad del sufrimiento, no vivimos en ese cuerpo, no habitamos esa familia, no tomamos esas decisiones médicas. La ética empieza muchas veces por reconocer los límites de nuestro conocimiento. En bioética hay un principio clásico: la prudencia deliberativa. Antes de decidir, se delibera; antes de juzgar, se comprende; antes de convertir un caso en doctrina, se analiza su singularidad. Cada caso es un caso. Cada biografía es una biografía. Cada sufrimiento tiene su gramática. Cuando convertimos un caso en símbolo, dejamos de ver a la persona y empezamos a ver una bandera y cuando vemos banderas, dejamos de pensar. Por eso resulta tan inquietante ver cómo, en cada caso mediático, aparecen inmediatamente los bandos, los expertos televisivos, las organizaciones, las campañas, las columnas de opinión, las consignas. Todo el mundo parece tener una respuesta antes de haber hecho las preguntas adecuadas. Quizá porque las preguntas adecuadas incomodan mucho más que las respuestas ideológicas.
Hay una idea que Diego Gracia repite con frecuencia: la ética clínica no consiste en aplicar principios como si fueran fórmulas matemáticas, sino en deliberar prudentemente sobre el mejor curso de acción en un caso concreto, teniendo en cuenta los valores en conflicto. Y en la eutanasia hay siempre valores en conflicto: la vida, la autonomía, la dignidad, el cuidado, la no maleficencia, la justicia, la familia, la sociedad. Por ello, hay una idea que debería guiar todo este debate: la medicina no siempre puede curar, pero siempre puede cuidar. Y cuidar no es solo aplicar tratamientos; cuidar es estar, escuchar, aliviar, sostener, acompañar, dar tiempo, dar sentido, ayudar a despedirse, cuidar a la familia, evitar el abandono. Hace tiempo escribí que leer en voz alta para alguien que ya no puede salir de casa es convertirse en una ventana: una ventana por la que entra el mundo, la voz, la compañía, el tiempo compartido. Con los enfermos graves y con las personas al final de la vida ocurre algo parecido: muchas veces ya no podemos curar, pero siempre podemos seguir siendo ventana. Ventana al mundo, ventana a la memoria, ventana a la compañía, ventana a la dignidad. La medicina no siempre puede salvar la vida, pero el cuidado siempre puede salvar la dignidad. Quizá esa debería ser la verdadera medida de una sociedad: no cuánto prolonga la vida a cualquier precio, sino cómo cuida cuando la vida llega a su frontera. Ahí, en esa frontera, es donde la bioética deja de ser teoría y se convierte en responsabilidad.
En el fondo, el problema de la eutanasia nos obliga a preguntarnos qué entendemos por dignidad. ¿La dignidad está en la vida biológica? ¿Está en la autonomía? ¿Está en la ausencia de sufrimiento? ¿Está en la relación con los otros? ¿Está en la capacidad de decidir? ¿Está en ser cuidado? ¿Está en poder despedirse? ¿Está en no ser reducido a un cuerpo que sufre? Probablemente la dignidad humana no está en una sola de esas cosas, sino en la tensión entre todas ellas. Por eso la eutanasia es un problema tan difícil: porque pone en conflicto distintas concepciones de la dignidad humana, todas ellas razonables en cierta medida. No hay una decisión sin pérdida. No hay una decisión sin coste moral. No hay una decisión sin resto trágico. Aceptar esto es difícil, porque todos querríamos soluciones limpias: decisiones sin culpa, decisiones sin duda, decisiones sin conflicto. Pero la vida humana no funciona así, y el final de la vida aún menos. La ética adulta no busca pureza; busca responsabilidad.
Hay, además, otra cuestión que rara vez se menciona y que sin embargo es central: el lenguaje. El debate sobre eutanasia está profundamente atravesado por el lenguaje. Hablamos de muerte digna, de derecho a morir, de homicidio, de suicidio asistido, de compasión, de autonomía, de descarte, de libertad. Cada palabra arrastra una concepción moral distinta. El monopolio del lenguaje es siempre una forma de poder. Quien define las palabras define el debate. Por eso es tan importante la precisión terminológica. No todo es eutanasia. No es lo mismo retirar tratamientos fútiles que provocar la muerte. No es lo mismo sedación paliativa que eutanasia. No es lo mismo dejar morir que hacer morir. No es lo mismo autonomía que abandono. Cuando confundimos los términos, dejamos de pensar con precisión y empezamos a discutir con emociones. La bioética mínima exige precisamente lo contrario: claridad conceptual, deliberación prudente y respeto a la dignidad de todas las personas implicadas.
Y aquí volvemos al punto inicial: cuando hay conflictos morales sin solución perfecta, lo único que puede hacerse es deliberar bien, acompañar bien, decidir prudentemente y asumir que cualquier decisión deja un resto de tristeza. La pregunta no es solo si una sociedad permite la eutanasia o la prohíbe. La pregunta importante es otra: ¿somos una sociedad que acompaña o una sociedad que abandona? Porque el problema moral no empieza el día que alguien pide morir; empieza mucho antes, el día que dejamos a la gente sola con su dolor, con su dependencia, con su miedo y con la sensación de ser una carga. Antes de discutir sobre la muerte, quizá deberíamos discutir sobre el cuidado. Antes de legislar sobre la eutanasia, quizá deberíamos legislar contra la soledad, contra el abandono y contra el sufrimiento evitable. Importa la ley; importa la medicina; importa la familia; importa la autonomía; importa la sociedad. Pero, por encima de todo, importa no perder la humanidad en el proceso. Importa no convertir a las personas en argumentos. Importa no convertir el dolor en ideología. Importa no convertir la tragedia en espectáculo. Importa no decidir solos cuando las decisiones son demasiado grandes para una sola persona. Importa acompañar y cuidar incluso cuando ya no se puede curar. Todo eso importa porque hay algo peor que morir: morir sintiendo que sobramos.
Quizá esa sea la única bioética mínima posible: una ética del cuidado en situaciones donde la solución perfecta no existe. Porque hay problemas que no se resuelven; se acompañan. Hay decisiones que no se celebran; se sostienen. Hay vidas que no pueden salvarse; pero sí pueden ser cuidadas hasta el final. Y hay muertes que, más que decidirse, deberían ser rodeadas de silencio, de prudencia y de respeto. El dolor, efectivamente, no admite soluciones limpias. Pero sí admite algo mucho más difícil y mucho más humano: responsabilidad, prudencia y cuidado
Cuca Casado
https://ideas.gaceta.es/en-el-territorio-de-lo-tragico/
La soledad administrada
Hay noticias que, si se miran con atención suficiente, dejan de ser noticias y se revelan como síntomas. El caso de Noelia Castillo —veinticinco años, una biografía marcada por el trauma y el abandono, una solicitud de eutanasia concedida por el Estado— es uno de esos. Aquí no se juzga a una persona ni se simplifica un dolor que no se puede medir desde fuera. Lo que este caso revela es demasiado grave para dejarlo pasar sin pensarlo despacio. A mi juicio, lo más inquietante no es que una persona llegue a desear la muerte. El deseo de morir puede aparecer en los momentos de mayor dolor; entenderlo forma parte de cualquier mirada honesta sobre la condición humana. Lo verdaderamente perturbador es que, como sociedad, hayamos perdido la capacidad de distinguir cuándo ese deseo es expresión de libertad y cuándo es, antes todo, un grito de sufrimiento que pide ser atendido. Al mismo tiempo, hay una forma de abandono que hemos aprendido a pronunciar con voz amable. Algunos la llaman respeto; otros, incluso compasión. Consiste en no contradecir al que sufre, en no oponerle resistencia, en retirarse con delicadeza cuando pide que nos retiremos. Pero el amor —la atención y el cuidado son formas del amor— no siempre puede retirarse. A veces sólo sabe quedarse.
Hay aquí un desplazamiento que conviene nombrar con precisión. Si el Estado, con todo su aparato jurídico, sanitario y tecnológico, facilita activamente la muerte de una persona que sufre, el problema desborda cualquier categoría técnica. No es ya una cuestión legal o médica, aunque también lo sea. Es algo anterior y más grave. Es la quiebra del vínculo que sostiene la convivencia desde abajo, el acuerdo tácito y frágil según el cual la vida de cada uno importa a los demás, especialmente cuando se vuelve débil. El hombre se ha dividido por dentro; también ha roto su relación con los demás y su vínculo más hondo con el misterio que lo crea y lo sostiene. Se destroza así la alianza originaria que hace de la vida un bien a custodiar, sobre todo cuando está herida y se vuelve débil. En su lugar emerge una forma nueva y radical de soledad. No ya la soledad padecida, que duele y pide ser aliviada, sino una soledad legitimada, administrada y ejecutada con los gélidos procedimientos de la burocracia. Esa soledad ya no se percibe como herida. Se ha vuelto puro trámite. Y eso hace del caso de Noelia un signo de nuestro tiempo, más que una excepción dentro de él.
Se dice, para tranquilizar la conciencia colectiva, que el Estado no ofrece la muerte sino sólo un derecho. Que abre una puerta, sin empujar a nadie. La formulación es discutible. Si una prestación queda integrada en el sistema público de salud —protocolizada, financiada, accesible—, deja de ser una posibilidad abstracta que flota en el horizonte jurídico. Pues ha pasado a formar parte de lo que el propio sistema sanitario presenta como solución final ante determinadas situaciones de sufrimiento. Y eso tiene un peso cultural y simbólico que no puede ignorarse. Las instituciones no son neutrales. Lo que el sistema ofrece como respuesta moldea, con el tiempo, aquello que los pacientes perciben como opción razonable, incluso como salida esperada. Si la muerte figura en el catálogo de prestaciones junto a la quimioterapia o la rehabilitación, es que algo ha cambiado en la manera en que la sociedad comprende el sufrimiento y su lugar dentro de la vida humana.
Vivimos en una cultura que normaliza el trato a la vida humana, intrínsecamente frágil, como si fuera un proyecto técnico. Y la lógica que rige ese proyecto —la eficiencia, el rendimiento, la optimización— ha llegado también al territorio del dolor existencial. Y tiene su coherencia interna, pues si el sufrimiento no puede ser mejorado, si se resiste al tratamiento, si persiste más allá de lo que es gestionable, entonces la solución más eficiente es suprimirlo junto con quien lo porta. Todo eso, naturalmente, se dice con palabras como dignidad, autonomía, derecho a decidir… Pero bajo esas palabras opera una gramática más fina y fría, la del problema y la solución o la del coste y el beneficio; esto es, la gramática de lo que funciona y lo que ya ha dejado de funcionar.
Lo que me inquieta como médico es que este proceso no se presenta como una quiebra profunda del hombre y de su comunidad, sino como progreso. Los “expertos” se han asomado estos días a los medios para explicarlo, justificarlo y, de paso, normalizarlo, con esa cadencia tranquila de quien describe algo natural e inevitable. Y en esa normalización se opera una transformación de inmensas consecuencias, porque a la medicina —cuyo sentido más hondo ha sido siempre cuidar, aliviar y acompañar al que sufre— se le hace ahora partícipe, con todo respaldo legal, en la producción de la muerte. Y se le induce a que renuncie a su propia vocación; que cambie el arsenal del cuidado por el de la ejecución, y que se le llame compasión.
Pero no es compasión. La compasión —del latín cum patior, sufrir con— implica presencia, no ausencia; quedarse y no marcharse. La compasión verdadera no suprime al que sufre; permanece con él, con paciencia y obstinación, para abrirle una ventana a la esperanza que no siente. Esa es la vocación a la medicina. Y lo que cabe esperar de una sociedad que quiera merecer tal nombre. El argumento incomoda, sí. Habrá quien lo lea como intromisión en la libertad individual, como un paternalismo que no respeta la autonomía del otro. Pero hay algo inaceptable, como llamar libertad a una decisión tomada desde el fondo de un dolor que apenas ha sido acompañado, o llamar respeto a mirar hacia otro lado y progreso a la institucionalización del abandono. Noelia Castillo tenía veinticinco años. Y lo que el Estado hizo no fue escucharla. Fue darle la razón.
(Cádiz, 1961). Es médico intensivista en el Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla y académico de la Real Academia de Medicina de Cádiz. Ha realizado estancias posdoctorales en el Reino Unido. Publica en revistas científicas y en prensa sobre humanidades médicas. Autor de "¿Qué es la enfermedad?" (Senderos) y "Confines. Medicina al borde del abismo" (CEU Editorial, accésit Premio Sapientia Cordis
"Noelia intentó matarse en 2021. Se tiró de un quinto. Si hubiera logrado su objetivo, nadie habría oído jamás hablar de ella. No tendría nombre, ni cara, ni historia. Sería un dígito en las estadísticas anuales del suicidio, como otras 4000 personas al año"
Juan Soto Ivars
Es verdad que en nuestro pais no se habla nunca de los miles de suicidios silenciosos por varias causas
-El suicidio, la "pandemia silenciosa" que se cobra más vidas de jóvenes que el Covid-19 /Auge de adolescentes ingresados en psiquiatría
-Cada dos horas y media se suicida una persona en España, diez al día: los muertos por suicidio duplican a los de accidentes de tráfico, superan en once veces a los homicidios y en ochenta a los de violencia de género
- https://articulosclaves.blogspot.com/2019/11/cada-dos-horas-y-media-se-suicida-una.html
Tema silenciado
- https://articulosclaves.blogspot.com/2019/11/que-pasa-con-los-suicidios-en.html
- https://articulosclaves.blogspot.com/2022/02/el-suicidio-la-pandemia-silenciosa-que.html
Salud mental: un tema tabú que precisa de una visión integral
- https://articulosclaves.blogspot.com/2021/07/salud-mental-un-tema-tabu-que-precisa.html
Conclusión
La cuestión es si esto se olvidara, como se olvidan los cientos de suicidios
¿Desde cuándo sabes de lo de Noelia? Pues calcula que, cada día, 12 personas se ha suicidado. No te quedes en la noticia del momento. Lee y reflexiona
https://x.com/JaviSantamarta/status/2037140434758123827
https://x.com/RamonMoSenar/status/2037384533230666007
Hoy, de guardia como médico coordinador del 061, he cogido dos llamadas que no se me van de la cabeza. Dos pacientes psiquiátricos. Los dos pedían la eutanasia. No como un derecho ni como una ley. Como una salida. Con las palabras exactas que llevan días instaladas en todas partes. Hay personas cuyo sufrimiento no procesa el mundo como tú y yo. Lo que oyen no entra como información. Entra como confirmación de lo que ya están viviendo por dentro. Eso es lo que me preocupa de cómo se está contando todo esto. Lo que le pasó a Noelia es una tragedia. Merece respeto. Merece cuidado y silencio. Pero los medios han hecho otra cosa: han convertido una historia de dolor extremo en algo utilizable. La han simplificado, la han amplificado, la han empujado hacia un debate que no ve a quienes pueden resultar más dañados por él. El sufrimiento psíquico no necesita que le digamos que tiene salida. Necesita que alguien se quede a su lado. Hay personas que no están opinando. Están intentando sostenerse. Y lo que decimos, importa.
https://x.com/FilipidesE/status/2037494648961151039
El debate clave: es eficaz el sistema publico para hacer un seguimiento de los casos de suicidio?
https://www.abc.es/sociedad/arrepentido-eutanasia-ultimo-momento-clic-20260327042606-nt.html
https://www.elconfidencial.com/espana/pesca-de-arrastre/2026-03-27/eutanasia-noelia-barcelona-muerte-1hms_4328011/
Lo que encuentro perturbador es la incapacidad creciente en nuestra época de convencer sobre lo atractivo de la vida. Algo falla en la civilización cuando el impulso vital se apaga, tanto en la elección de la eutanasia para casos no terminales como en la crisis de la natalidad. Hay pocas ganas de contribuir a la vida humana. Tal vez sea el catastrofismo, el individualismo o que simplemente ahora uno tiene la posibilidad de elegir si quiere tener hijos o matarse sin violencia tras completar un trámite.
https://x.com/aschapire/status/2037876861103997137
Personas que lo pasan muy mal, pueden creer que la solución es el suicido. Esto nos indica que nuestra sociedad no presta suficiente atención a las personas con problemas mentales. Siempre nos quedara la duda cuantos casos de suicidio se podrían evitar si no fuese un tema tabú
Carta para Noelia Noelia, No sé si esta carta te llegará a ti o a tu madre… pero necesitaba escribirla. Yo no soy nadie en tu vida, no te conozco personalmente… pero hay cosas que no entienden de cercanía. Y lo que has vivido me ha tocado el alma. No hay palabras suficientes para lo que te han hecho. Es injusto, es cruel… y es normal que estés cansada, rota y sin fuerzas. No eres débil por sentirte así. Eres humana. Pero déjame decirte algo desde el corazón: Lo que te hicieron no define quién eres. Eres mucho más que ese dolor. Sé que ahora todo pesa, que todo duele… y que quizás no ves salida. Pero eso no significa que no exista. A veces el dolor nos engaña y nos hace creer que todo ha terminado… y no es verdad. Tienes 25 años, Noelia. Te queda vida por delante, aunque ahora mismo no la sientas. No tomes una decisión definitiva en un momento tan oscuro. Dale tiempo a la vida… aunque sea poco a poco, día a día. No estás sola. De verdad. Hay muchísima gente contigo, aunque no la veas. Y yo, desde mi sitio, te digo que si en algo puedo ayudar, a ti o a tu madre, aquí estoy.
https://x.com/Pitingo/status/2037310214689407471
Psiquiatras y psicólogos forenses cuestionan la capacidad de decisión de la joven / Fracaso en el sistema en su protección y cuidado https://articulosclaves.blogspot.com/2026/03/psiquiatras-y-psicologos-forenses.html
Una joven es víctima de un crimen atroz: una violación múltiple. A partir de ese hecho, desarrolla una depresión profunda y decide quitarse la vida lanzándose desde un quinto piso. No lo logra. Sobrevive con una lesión medular. No quedó inmovilizada ni tetrapléjica, como algunos han querido simplificar. Podía movilizarse con ayuda. Lo que no pudo superar fue la depresión. Ese mismo sufrimiento que la llevó a intentar suicidarse, fue luego el argumento para que el Estado español, con aval médico, la asistiera a morir. Y aquí aparece la contradicción: Los mismos sectores que defienden los derechos humanos y rechazan la pena de muerte para sus agresores, respaldaron la asistencia para que ella muriera. Porque, según se argumenta, era para “poner fin al sufrimiento”. Pero eso no es nuevo. La evidencia científica es clara: el núcleo del suicidio —en la mayoría de los casos— es precisamente ese: terminar con el sufrimiento. Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué cambió? ¿La naturaleza del acto… o solo el marco legal que ahora lo valida? Porque en lugar de recibir un abordaje psiquiátrico y psicológico profundo, terminó recibiendo asistencia para morir. Y eso no es un detalle. Es un precedente. Uno que redefine el papel de la medicina… y el límite ético de una sociedad.
https://x.com/MariolySosaP/status/2037896978168689033
"La confrontación honesta no rompe las relaciones; las rompe antes el silencio con el que toleramos lo que en realidad no aceptamos. Ese silencio convierte la comodidad momentánea en desgaste, resentimiento y pérdida de respeto" S.Puig
En la vida, cuando es necesario escoger una determinada opción, no optamos necesariamente a favor o en contra de un valor, sino que, en realidad, nos vemos obligados a inventar una solución que entra en conflicto con los deberes. (P. Hadot)
https://www.elmundo.es/cataluna/2026/03/26/69c56a54e4d4d8573b8b459b.html
https://www.larazon.es/sociedad/testimonio-superviviente-varios-intentos-suicidio-caso-noelia-salud-mental-sigue-lejos-que-deberia-b50m_2026032869c848a283aca52e0e3cff7e.html?utm_campaign=mrf-twitter-larazon_es&mrfcid=2026032869c4e780a07530432621da65
https://www.abc.es/opinion/juan-soto-ivars-suicidio-aplaudido-20260328155641-nt.html
Lo frágiles que somos, lo frágiles que somosHow fragile we are, how fragile we are
https://www.youtube.com/watch?v=lT3My-rcDIo&t=15s
Eutanasia y salud mental: cuando decidir sobre la muerte exige más que una ley https://articulosclaves.blogspot.com/2026/03/eutanasia-y-sociedad-cuando-la-ley-no.html


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