Este libro expone las raíces filosóficas y socioculturales que han llevado a varios países a aceptar como un derecho la eutanasia, incluso a promover su legalización
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La investigación que precedió a este libro tenía por objetivo comprender las raíces filosóficas y socioculturales que han llevado a varios países a aceptar como un derecho la eutanasia, incluso a promover su legalización.
Consideramos que además de la falta de precisión, la ambigüedad en el uso de ciertos conceptos como “muerte digna” o “eutanasia”, han llevado a una progresiva confusión en la opinión pública y a una grave falta de rigor y profundidad en los debates públicos. A su vez nos encontramos ante una crisis de la cultura occidental manifestada con claridad en las formas de acercarse a la enfermedad y la muerte.
Vivimos en una sociedad donde la muerte es un tabú, vaciada de significado y reducida a un hecho biológico, donde a su vez se huye del sufrimiento a cualquier precio y se da la espalda al envejecimiento, a la dependencia y a todo lo que nos recuerde nuestra vulnerabilidad. Al mismo tiempo crece una visión de la libertad como fin en sí misma, en medio de una hipertrofia de la autonomía, marcadamente individualista y subjetivista que confunde deseos con derechos.
Abordar las cuestiones bioéticas del final de la vida requieren un esfuerzo por comprender que no se trata de elegir entre más o menos libertad, sino de cómo valoramos la vida de los más vulnerables y lo que nosotros como sociedad decidimos hacer con ellos.
Publicación: 2023
Doctor en Filosofía. Magíster en Dirección de Comunicación. Profesor del Departamento de Humanidades y Comunicación
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Este libro es tan solo una breve síntesis de diversas dimensiones del problema, a través de la cual esperamos se pueda comprender con mayor claridad los supuestos que es necesario hacer más explícitos en el debate público, como forma de crítica, no tanto a los proyectos o leyes de eutanasia, porque no es esta una perspectiva jurídica, sino a los fundamentos implícitos y explícitos que los sostienen y las implicancias sociales, culturales y éticas que arrastran con su aplicación.
El libro comienza con una clarificación de los principales conceptos utilizados en los debates sobre la cuestión que nos interesa, comenzando por el mismo concepto de “eutanasia” que da lugar a muchos equívocos. Es interesante que tanto quienes defienden o se oponen a estas leyes utilicen el concepto de “dignidad” como valor a proteger y defender. Por ello es necesario clarificar qué se entiende por “muerte digna”. Seguidamente abordamos el olvido de la muerte en la cultura occidental, provocada por el proceso de secularización y escondida más radicalmente en una sociedad hedonista y alejada de la naturaleza, lo cual requiere comprender los motivos de que sea tabú social y cómo el modo de pensar y vivir la finitud condiciona radicalmente el modo de proceder ante la muerte propia y ajena. Por otra parte, es necesario reconocer la influencia de la crisis cultural de occidente y el predominio del pragmatismo ante la crisis de la verdad, donde solo importa la utilidad -también de las personas- y el relativismo ético que termina liquidando los fundamentos de los Derechos Humanos, todo ello en una cultura profundamente subjetivista y nihilista donde se acepta como obvia la falta de sentido de la vida humana.
La cuestión de la dignidad humana es la cuestión central de este debate, sin embargo, no es la que más se percibe en el debate público, y creemos que es necesario mostrar y demostrar las implicancias sobre la devaluación de la vida humana cuando se reduce la dignidad a la calidad de vida, creando estándares que clasifican vidas con mayor valor que otras, según las condiciones en que vivan, la gravedad de una enfermedad o simplemente la edad. Muchas formas de discriminación invisibilizadas se naturalizan por no comprender lo que implica aceptar que la dignidad sea algo subjetivo de cada persona y no un valor objetivo que todos debamos respetar y proteger. Y al final de la primera parte nos detenemos en otra cuestión olvidada: la vulnerabilidad y la dependencia, al mismo tiempo que analizamos las consecuencias políticas de no contemplar estas cuestiones previas al debate.
¿Muerte digna? clarificaciones conceptuales y falsos supuestos
“La lógica del rebelde estriba en esforzarse por mantener un lenguaje claro, a fin de no hacer más densa la mentira universal” (Camus, El hombre rebelde, 1951)
En cuanto a los conceptos que más aparecen en la discusión pública, “muerte digna” es identificado con eutanasia, sin embargo, esto no es correcto. La muerte no es digna, porque la dignidad es de la persona. En todo caso cuando decimos “muerte digna” podemos indicar el deseo de que toda persona muera con el respeto a su dignidad que le es propia, lo cual implica asegurar la humanización de la preparación para la muerte y no un trato funcional o de desprecio por su vida en situación de extrema vulnerabilidad. Así entendida podemos afirmar que una muerte digna se asegura con Cuidados Paliativos que buscan aliviar y acompañar al buen morir, pero no con la eutanasia que desconoce la dignidad ontológica de toda persona humana, que no se pierde por ninguna situación ni puede reducirse a su calidad de vida.
El respeto por la dignidad de la persona incluye el respeto por su libertad, por sus decisiones, pero sobre todo por el valor y la singularidad de su vida, por su dignidad. Por ello plantear aquí la cuestión de la eutanasia abre un problema de contradicciones en la comprensión de la dignidad humana y por ello de los Derechos Humanos
La cultura del olvido de la muerte
“Al no encontrar remedio a la muerte, ni a la miseria, ni a la ignorancia, los hombres, para ser felices, decidieron no pensar en ellas” (Blas Pascal, Pensamientos, 168)
La consideración de la muerte es decisiva para interpretar la vida humana, porque ante la muerte de los otros, nos convertimos en interrogantes para nosotros mismos
Crisis de sentido, subjetivismo y pragmatismo
La crisis de la razón y de la ciencia en la primera mitad del siglo XX, ha traído como consecuencia un predominio del pragmatismo, del subjetivismo y del relativismo.
Si no hay forma de conocer la verdad, solo queda la utilidad24. A su vez, la crisis de la verdad ha venido acompañada de la crisis de sentido, con un creciente dominio de la mentalidad nihilista que crea una visión de la vida sin un horizonte de trascendencia que permita al ser humano elevarse por encima de su propia inmanencia25. Sumado a esto, el creciente materialismo en la visión del ser humano dominante en el campo de las ciencias y de la medicina, ha creado una visión reduccionista del ser humano como una realidad puramente biológica, dejando de lado cualquier otra dimensión que trascienda la pura materialidad26. Las grandes estructuras socializadoras perdieron autoridad y el individuo vive a la intemperie, ya que la liquidación de las costumbres y el olvido de las tradiciones culturales ha desarticulado y complejizado las relaciones, así como las fuentes de sentido y los valores que orientan la existencia individual y social.
Proliferan cursos de coaching y asesoramiento psicológico para escuchar a los demás, para ser más empáticos, para respetar a los demás, como si las habilidades más básicas de la convivencia social estuvieran ausentes de la construcción de la persona. Al mismo tiempo el subjetivismo radical al que se ven empujados a vivir, en su propia burbuja, lleva a cada vez más personas al encierro autorreferencial, a una cultura de la “selfie”, una hipertrofia del yo que no es capaz de ver al otro, salvo que sea la confirmación o espejo de uno mismo
En el ámbito de la reflexión ética ha ido tomando predominio en el mundo anglosajón y ya extendida al resto del mundo occidental, una ética utilitarista de base empirista y fuertemente individualista, derivada de una determinada concepción antropológica que relativiza el concepto de persona, ampliándolo a algunos animales y negando la condición de persona a determinados seres humanos por su condición. De allí que en la reflexión bioética comience a predominar una relativización de la dignidad humana, reducida a la calidad de vida o al ejercicio de la autonomía
Torralba, F. ¿Qué es la dignidad humana?, Herder, Barcelona, 2005. En este profundo trabajo el profesor Torralba examina la visión antropológica y ética de Peter Singer, Hugo Tristram Engelhardt y John Harris, analizando las raíces de las corrientes bioéticas individualistas y utilitaristas que relativizan la concepción clásica de dignidad
El psiquiatra y neurólogo Víctor Frankl, que ha aportado una de las grandes reflexiones del siglo XX sobre el sufrimiento y el sentido de la vida a partir de su propia experiencia en campos de concentración nazis, escribe a propósito del lugar del sufrimiento en la vida: La vida del hombre no se colma solamente creando y gozando, sino también sufriendo. Preguntémonos honradamente si estaríamos dispuestos a suprimir de nuestra vida las experiencias desventuradas en materia amorosa, a borrar de ella las vivencias dolorosas o desdichadas, y nos contestaremos sin duda que no. La plenitud de dolor no significó para nosotros sin mucho menos el vacío de la vida. Por el contrario, el hombre madura en el dolor y crece en él. (…)El sufrimiento tiende a salvaguardar al hombre de caer en la apatía, en la rigidez moral del alma35.
No hace Frankl una apología del sufrimiento, sino que lo ubica justamente en su lugar propio en la vida humana, como posibilidad de sentido y como aquello que da forma y estructura a la propia vida
La vida puede ser sentida o experimentada, a menudo muy justamente, como un “sinsentido”, pero sólo a condición de que la acompañe una espera de sentido. Es decir, es porque la vida debería tener un sentido que se puede hablar de una vida que no tiene sentido
Grondin, J. El sentido de la vida, Herder, Barcelona, 2005, p. 26
La hipertrofia de la autonomía y el hiperindividualismo
En la actualidad la obsesión por uno mismo no se manifiesta tanto en la fiebre del goce, como en el miedo a la enfermedad y a la vejez, en la medicalización de la vida. A Narciso todo le inquieta y le asusta”. (Gilles Lipovetsky, Los tiempos hipermodernos).
En bioética ha ido creciendo en los últimos años la importancia del reconocimiento de la autonomía de los pacientes, desde el consentimiento informado, las voluntades anticipadas, testamento vital, generando leyes que han ido consagrando los derechos del paciente en respeto por su libertad, como respeto a su dignidad. Esto supone un impresionante progreso respecto de un paternalismo legitimado por un absolutizado principio de beneficencia donde solo el médico sabía lo que era bueno y mejor para el paciente. Desde el informe Belmont hasta el Convenio de Oviedo de 1997 (Derechos Humanos y Biomedicina)37 el respeto a la autonomía refería al consentimiento informado, y a la protección de los más vulnerables cuya autonomía se encuentra limitada o menoscabada.
Pero hoy estamos caminando hacia el otro extremo, pasando del paternalismo médico a la absolutización de la autonomía del paciente38. El principio de autonomía en algunos autores se ha vuelto dogmático, llegando a violentar la misma dignidad de la persona porque ella misma lo solicita, desconociendo que hay derechos fundamentales que son irrenunciables. En el otro extremo del paternalismo algunos autores pretenden una hipertrofia de la autonomía39, convirtiendo al profesional de la salud en un simple dispensador de servicios sin implicarse en las decisiones sobre la salud del paciente. Aquí se debilita la alianza terapéutica y se deja de lado el proceso de discernimiento compartido, porque la autonomía se erige en principio absoluto e ilimitado. Se abandona así al paciente a su propia decisión sin más nada que una supuesta libertad absoluta, suelto de cualquier apoyo para saberse comprendido y acompañado. ¿Serán los deseos particulares los que deban definir los actos médicos?
Existe hoy una valoración sobredimensionada de la autonomía individual, y se tiende a pensar que, si alguien pide algo, hay que acceder a su petición sin complicarse más, porque el otro es soberano en su decisión, lo cual es en sí mismo muy ingenuo, especialmente si se trata de personas que están sufriendo mucho y rodeadas de presiones sociales y emocionales. Esto se debe, en parte, a la influencia de una filosofía individualista de los Derechos Humanos de autores como Robert Nozick que influyó en Engelhardt y en una visión de los derechos como autopropiedad
Pero el consentimiento voluntario tiene un límite: uno no puede pedir que se le haga daño, uno no puede pedir que lo maten. Sin embargo, se esgrime la autonomía como argumento para la eutanasia olvidando que el límite de la autonomía son principios de no maleficencia y de justicia, donde la libertad no lo es todo ni es absoluta. Esto ha llevado a la visión que lo que importa es que la persona decida, sin importar lo que elija, aunque sea hacerse daño. Una concepción de la libertad como fin en sí misma, donde no importa lo que se elija, lo que se busca salvar es que uno puede decidir sobre sí mismo. A propósito de esta visión individualista de los Derechos Humanos, citando a Mary Ann Glendon, escribe Janne Haaland Matlary:
El problema radica en el debate de una nueva versión de los derechos que se ha erigido como dominante en los últimos treinta años. Este nuevo debate sobre los derechos secaracteriza por la proclamación de derechos nuevos que son propiedad del “portador de derechos aislados”, como acertadamente lo denomina de alguien que no tiene deberes y que persigue su propio interés camuflándolo bajo la forma de “nuevos derechos”: “A medida que se proclaman y proponen nuevos derechos, el catálogo de libertades individuales se extiende sin demasiada consideración hacia los límites a los que están orientados, hacia la relación con los demás, hacia sus propias responsabilidades o hacia el bienestar general”
La autonomía personal es un punto neurálgico de la ética y del derecho, y la bioética principialista lo tiene como un principio fundamental, pero desde Platón hasta nuestros días sabemos que no todos los modos de actuar son igualmente válidos éticamente, que hay acciones que podemos juzgar como elogiables o condenables. Procurar la autonomía me asegura que serán libres para actuar, pero no me asegura nada sobre la bondad de sus acciones. Que las decisiones sean libres no las hace simultáneamente buenas, ni humanizantes, ni deseables necesariamente
Pero más preocupante todavía es que en los casos de los pedidos de eutanasia, la libertad está más condicionada, con lo cual el problema se complejiza más y puede resultar paradójico predicar la libertad absoluta de quienes la tienen más restringida y afectada por su falta de valoración y por el entorno de relaciones que le afectan en su deseo de acabar con su vida. La autonomía o voluntad libre no es una propiedad caída del cielo, que automáticamente recibe cada ser humano. Es más bien una conquista precaria de las existencias finitas, existencias que solo teniendo presente su fragilidad física y su dependencia social pueden obtener algo así como fuerzas
Cualquiera con un poco de experiencia en la atención a enfermos graves sabe que, cuando un enfermo solicita la muerte, es muy importante averiguar qué hay detrás de esa petición. Tal vez sea una llamada de atención para que se le alivie el dolor o se le ponga remedio al insomnio; o quizá, una queja encubierta para que se le trate de una manera más humana o se le haga compañía, o sencillamente, para que se le explique lo que le está ocurriendo. Los enfermos en fase terminal pasan por fases muy diferentes en su estado de ánimo. Así, quienes pedían la muerte en un momento de desesperanza o de abatimiento, unos días después, quizá tras suprimirles el dolor o facilitarles la posibilidad de desahogarse en una conversación tranquila, vuelven a encontrar sentido a esta última fase de su existencia. Está claro que no desean la muerte como tal, sino que buscan salir de una situación que les resulta insoportable
Pedir la muerte porque se sufre (física o mentalmente) no es una elección libre, si lo que se quiere en realidad es dejar de sufrir. La eutanasia no atiende las causas del deseo de morir, sino que simplemente ofrece la salida rápida: eliminar el sufrimiento eliminando al que sufre.
El concepto de dignidad es el que se ha vuelto más ambiguo en los debates sobre eutanasia y suicidio asistido53. El fundamento de los Derechos Humanos es el reconocimiento de la dignidad del ser humano, dignidad que no se pierde, que no depende de las condiciones de vida ni de las opciones de la persona, porque esta dignidad es inherente al ser humano por ser persona. Así está explicitado en el primer párrafo del Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana
Para Singer la vida humana no tiene valor en sí misma, no basta con que viva, tiene que tener interés para quien dispone de esa vida. No desaciertan quienes esgrimen que los argumentos de Singer y los promotores de la eutanasia utilizan los mismos argumentos que quienes la promovieron en la Alemania nazi61: que hay vidas de menor valor, que hay vidas que son una carga para la familia, que a algunas personas que sufren, es una liberación “ayudarlos a morir”, que existe “el derecho a morir”, especialmente para esas vidas sin sentido, y que es “un acto de compasión” acabar con ellos, más si todavía lo piden “libremente”.
El problema de seguir los argumentos de Singer y sus presupuestos antropológicos y éticos es que la dignidad humana sería relativa a la calidad de vida y a las capacidades de cada persona, creando una grave discriminación entre seres humanos, ya que habría personas con dignidad y seres humanos que, al no ser personas, no tienen ningún valor en sí mismos. Desde una perspectiva bioética basada en derechos humanos, en una perspectiva personalista con una concepción ontológica de la dignidad humana, se afirma que la dignidad es atributo de la persona, en razón de su ser, no de situaciones o capacidades. Es el fundamento para no tratar a seres humanos como si fueran objetos o bienes, advertido ya por Kant cuando afirmó que en el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad, y precio solo tienen cosas que son bienes y que pueden ser intercambiables por otros, pero lo que se halla por encima de todo precio, lo que no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad, que la tiene solo el ser humano.
Una cuestión muy presente en la opinión pública y en recientes debates sobre eutanasia es que “cada uno considera si su vida es digna o no”, entendiendo la dignidad como una cuestión meramente subjetiva y por lo tanto cada persona tendría el valor que ella entienda y perciba. Al negar toda objetividad para afirmar la igual dignidad, ya la dignidad varía según la propia apreciación de la vida. El problema con esta mirada subjetivista es que cuando una persona no se valora y considera que no merece respeto ni un trato digno de su condición humana, deberíamos aceptar que pueda ser tratada sin ningún respeto por su vida. La razón de que los derechos humanos fundamentales sean irrenunciables es que son conformes a una dignidad que no varía de un ser humano a otro, ni de un momento a otro. Que alguien quiera ser explotado económicamente o esclavizado, no le da derecho a un tercero a tratarlo de esa manera. Pero si fuera verdad que la dignidad debería entenderse de modo subjetivo, todas las vidas estarían en constante peligro de ser degradadas cuando la propia persona se lo permite a otros.
Si algunas personas se consideran que no tienen dignidad para seguir viviendo ¿pueden pedir que las eliminen? Aunque se argumente que ellos deciden, ¿tienen los demás el derecho o deber de quitarles la vida? Una paradoja de nuestras sociedades postmodernas es que trabajamos mucho en la prevención del suicidio, especialmente de los más jóvenes, pero donde la eutanasia y el suicidio asistido están permitidos, la sociedad le dice a esas personas – y solo a esas personas – que en su caso es diferente, que no tratarán de impedirle que muera, que en su caso hasta lo ayudarán a que pueda suicidarse o le administrarán un veneno para darle muerte cuando así lo solicite. ¿Cómo es posible tal contradicción? Solo es posible cuando se considera a unas vidas dignas de vivir y a otras no, aunque el supuesto sea que “ellos lo eligen"
La eutanasia como problema político y sus consecuencias sobre los más vulnerables
«El hombre moderno cree experimentalmente a veces en este, a veces en aquel valor, para abandonarlo después; el círculo de los valores superados y abandonados es siempre muy vasto; constantemente se advierte más el vacío y la pobreza de valores; el movimiento es incontenible —si bien se ha intentado frenarlo con gran estilo—. Finalmente, el hombre se atreve a una crítica de los valores en general; reconoce el origen; conoce demasiado para no creer más en ningún valor; he aquí el pathos, el nuevo escalofrío… Esta que les cuento es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo que sucederá, lo que no podrá acontecer de manera diferente: el advenimiento del nihilismo» (F. Nietzsche, Fragmentos póstumos, 1885-1889)
Vivimos en sociedades plurales y cada vez más complejas, donde encontrar consensos no es tarea fácil, pero la política en su sentido más noble es precisamente el intento de articular esa diversidad de perspectivas orientadas al bien común. Que existan diversas perspectivas sobre los más variados asuntos de la vida social, de la ética y del bien común, no nos exime de la responsabilidad de acertar en la elección de los caminos más adecuados para construir una sociedad más humana, más justa y solidaria con los más vulnerables Muchas de las decisiones que tomamos impactan más en unas generaciones que en otras y es muy difícil encontrar un equilibrio justo entre costes y beneficios cuando conviven al mismo tiempo varias generaciones distintas y por ello “estamos moralmente obligados a tomar en consideración los intereses de quienes ya apenas los pueden defender (como los ancianos) y los de quienes todavía no los pueden hacer valer (como los niños)
Además de involucrar aspectos éticos, jurídicos y espirituales de profunda importancia, la eutanasia es un asunto de especial relevancia política, porque impacta a todos y en todo. No es cierto que involucre sólo a quienes desean acabar con su vida. Por el contrario, afecta los principios fundamentales de nuestra convivencia social y las bases en las que se asienta la estructura del Estado. Y como si esto fuera poco, sus efectos trascienden a las próximas generaciones y las condicionan sustancialmente al legarles una ética social deteriorada que se mide por la forma de tratar a los más vulnerables
Lo más grave de los proyectos de ley de eutanasia y suicidio asistido, es que procurando satisfacer pedidos excepcionales se proponen ofrecer la muerte anticipada como una opción institucionalizada, lo que, a juzgar por lo ocurrido en otros países, terminará por estimular y promover una demanda hoy casi inexistente. A su vez, el derecho no solo transforma estructuras jurídicas, sino que crea cultura, cambia la mentalidad de lo que es deseable y lo que no, lo que ha de ser comprendido como un derecho y por lo tanto como un bien a proteger. No siempre una ley crea demanda, pero en este caso se dan las condiciones para que si ocurra.
No se puede ignorar que las leyes valen por sus efectos y no pueden ignorarse las lecciones aprendidas por otros países79. Los proyectos de ley no deben analizarse por las intenciones, sino por sus previsibles efectos. Es un hecho que este tipo de legislaciones en otros países como Holanda y Bélgica, muestran sus consecuencias trágicas: número de muertes anticipadas de personas, incluso sin su consentimiento, ampliación de los casos excepcionales, hasta personas sanas con sufrimientos psicológicos y personas con discapacidad.
En estos países lo que se generó fue una normalización del suicidio organizado, una cultura que valora como un acto de realización personal el suicidio en casos de vidas que se consideran indignas de vivirse. Por esta razón es de responsabilidad política prever que siempre aumentan los casos, por razones cada vez más amplias y vagas
Aclaraciones necesarias
La libertad del paciente para pedir que no le alarguen la vida con soportes artificiales o para no someterse a tratamientos fútiles, no es eutanasia: es decidir morir naturalmente y eso ya es legal.
Estar en contra de prolongar la vida y el sufrimiento no significa estar a favor de la eutanasia. Los dos extremos son cuestionados por la ética médica: es tan inhumano alargar la agonía como matar al paciente. Pero concretamente la eutanasia es dar muerte a un paciente. La intención es matarlo, por ello no se la puede comparar con los Cuidados Paliativos, cuya finalidad es el alivio y el respeto a la dignidad de la persona hasta su muerte natural. Abrir la puerta a la eutanasia significa que algunos verán vulnerado su derecho a la vida y su derecho a recibir atención médica integral de calidad. No se complementan acciones cuya intención es opuesta
En Bioética hay diversas posturas filosóficas al respecto de los límites de la autonomía del paciente para pedir la muerte y de la acción del personal de salud en acceder a estas solicitudes. Pero, antes de discutir posturas filosóficas, es preciso conocer de primera mano lo que los especialistas en el tratamiento del dolor y el acompañamiento en el buen morir tienen para decir. En sociedades complejas, donde hay una sobreabundancia de información que suele derivar en un caos de desinformación, se requiere de un duro trabajo de discernimiento prudente e investigación rigurosa que tome en cuenta las evidencias que aportan las ciencias para pensar responsablemente las decisiones que afectan a todos, y no tomar datos aislados para confirmar la propia postura ante el dilema ético que se nos presenta. Lamentablemente, tengo que reconocer que también se dicen cosas que no son verdad, lo cual es más grave
El poeta Rafael Courtoisie escribió una página bellísima que se titula “Persistencia del débil”, de la que citaré aquí un fragmento:
Nací en Esparta hace casi tres mil años. Viví exactamente treinta minutos desde que salí del vientre de mi madre, que también se avergonzó por haber engendrado un hijo tan débil. El cirujano que me examinó y la partera coincidieron en el mismo juicio: yo no era digno de ser un ciudadano de Esparta. Mi complexión menuda, mis huesos quebradizos, las arrugas de mi piel que al nacer parecían las de un viejo, con arborescencias de pequeñas venas rotas en el dorso de las manos minúsculas, y una transparencia no humana de piel de pescado, de delgada membrana de renacuajo, contribuían al grotesco espectáculo. Nací débil. Hasta mi madre se avergonzó de mí cuando me vio: “Yo fui hecha para parir hombres, no ranas”. Viví poco más de media hora. Treinta minutos escasos, que transcurrieron entre las gruesas y ásperas palmas de las manos de quienes me examinaron con desprecio porque no era apto para pertenecer a su casta de guerreros. (…) No llegué a conocer la luz del día, puesto que nací de madrugada y antes de que el sol despuntara fui lanzado al barranco de los niños débiles, al abismo de los inútiles y los faltos de temple, a la ciudad fantasma de los miserables inocentes de Esparta, que no merecieron oportunidad sobre la Tierra."
Cultura del descarte o ética de la piedad. A eso se ha resumido todo ayer, hoy y siempre. Álvaro Ahunchai
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Se han dicho cosas interesantes en esta red. Para mí, lo más inquietante no es sólo que una persona llegue a desear la muerte. Lo màs inquietante es que la sociedad haya perdido la capacidad de reconocer cuándo ese deseo, más que expresión de libertad, lo es de sufrimiento que pide a voces ser interpretado. Hemos pasado de escuchar el dolor a consentirlo y validarlo sin discernimiento, y en ese tránsito confundimos el respeto con la indiferencia. Respetar no es asentir; a veces requiere resistirse, acompañar y sostener incluso cuando el otro no ve salida. Hay en este caso un elemento de una gravedad singular que exige ser pensado con detenimiento. Se trata de una joven de veinticinco años, con una biografía marcada por el trauma, el abandono y un sufrimiento psíquico profundo, que solicita la muerte asistida… y el propio Estado se la concede. No estamos ante un hecho aislado. Estamos ante un signo de nuestro tiempo. Cuando el Estado moderno, con todo su aparato jurídico, sanitario y tecnológico, facilita activamente la muerte de quien sufre, se produce un desplazamiento decisivo en el fundamento mismo de la convivencia humana. Aquí se rompe algo más que un principio legal. Se destroza la alianza del ser humano consigo mismo, con los demás y con toda forma de trascendencia. Se rompe el vínculo originario que hacía de la vida un bien a custodiar, incluso (y especialmente) cuando se vuelve débil, vulnerable o herida. Lo que emerge, en su lugar, es una forma nueva y radical de soledad. No ya la soledad padecida, sino una soledad legitimada, administrada y, en última instancia, ejecutada. Una soledad que, más que una herida, resulta un procedimiento. Asistimos, así, a una mutación antropológica profunda. El ser humano es ya concebido como un proyecto técnico, sometido a lógicas propias de lo tecnológico, la lógica de la eficiencia, del rendimiento y, así, de la optimización de su sufrimiento. En ese marco, la muerte pierde su significado y se convierte en la solución. Como médico, lo que más me inquieta es que este proceso no se presenta como ruptura, sino como ’progreso’. Algunos “expertos” comparecieron ayer en los telediarios para explicarlo, justificarlo y normalizarlo! Ahora bien, en esa normalización se opera una transformación de enorme calado, pues a la medicina, cuyo sentido más hondo ha sido siempre cuidar, aliviar y acompañar, se le invita a participar, con respaldo legal, en la producción de la muerte y, de esa manera, a renunciar a sí misma. Tremebundus
https://x.com/EFdezHinojosa/status/2037100792415478224
https://www.elmundo.es/cataluna/2026/03/25/69c44d5afc6c83c06a8b457d.html
Iria Domíngez, psiquiatra: 'La eutanasia plantea el dilema de si el sistema da una buena respuesta al sufrimiento psíquico grave'
https://www.elperiodico.com/es/ser-feliz/20260328/iria-domingez-psiquiatra-eutanasia-plantea-128514297?utm_campaign=mrf-twitter-elperiodico&mrfcid=2026032869c66c4edd3bb51c8f67c9a7
No estamos ante un caso de #eutanasia, sino de #suicidioasistido. Noelia no padece una enfermedad terminal, sino una depresión profunda derivada de un trauma no sanado. Aun así, la ley permite abrir esa puerta sin distinguir entre un sufrimiento físico irreversible y un sufrimiento psicológico que puede tratarse y aliviarse. Es una falla gravísima que sienta un precedente: una norma que hoy se aplica a quienes podrían recuperar su vida si recibieran la ayuda, la terapia y el acompañamiento adecuados.
- https://x.com/PostigoElena/status/2037041788217638937
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